…
Él me miró con cara expectante, pero yo me quedé mirando en el infinito. Me sentía extraño. Algo estaba como empezando a quemarme de dentro afuera, obligándome a llevarme la mano a la boca. Sin querer rejurgité algo de Fel, que se derramó en el suelo como si fuese un vómito común.
Aleph pareció alarmarse -¿Se encuentra bien?
Ignorando la razón por la que el Fel había querido aflorar por mi boca, mi escudero trató de darme explicaciones.
-A veces a mi y a otros nos pasa lo mismo cuando llevamos mucho tiempo sin comer algo. Desde que desperté de mi tumba, el sepulturero me recomendó que para evitar que el Fel destruyese mi cuerpo, que de vez en cuando comiese algo como si estuviese vivo de nuevo. No comprendí bien la razón, pero me dio de comer varios hongos que me hicieron sentirme mejor.
-Entonces, ¿así es como los Forsaken saben que tienen que alimentarse?
Aleph se rascó tras la nuca por mania -Bueno, a veces cuando me siento débil, con comerme un hongo me basta para recuperarme. Sólo vomité Fel una vez en la que me quedé un día entero encerrado en una cripta debido a que unos gnolls exhumadores de tumbas me tiraron y encerraron allí hasta que me rescató otro recluta de nivel mayor.- parecía como si se sintiese avergonzado por decir eso.
Era curioso. Eso significa que desde el primer momento en el que sentí aquellas fatigas al levantarme de la mesa de operaciones, era ya un indicativo de que el Fel empezaba a reclamar su sacrificio. Mi autocontrol me permitió ignorar la debilidad durante todo este tiempo, pero no pensé que el Fel acabaría saltando de mi cuerpo de esa manera. Sería mejor no dejar pasar más tiempo y aplacarlo cuanto antes con cualquier cosa “comestible” antes de que empezara a consumir mis órganos como una feroz sanguijuela.
-Vayamos a cenar…
Por recomendación de Aleph, compramos un par de esas famosas alas crujientes de murciélago que un vendedor Forsaken asaba en un pequeño puesto de venta, bastante concurrido por orcos por cierto… Aleph parece no haber perdido el sentido del olfato, a diferencia de mi, por lo que pudo oler el aroma del asado incluso desde la otra calle en la que estábamos. Por fortuna, aún mi lengua podía saborear el regusto de las hierbas y la carne asada, un alimento frugal pero que apaciguó con creces el ardor que me causaba el Fel. Era de agradecer que aquel cocinero Forsaken hubiese aprendido a dosificar las hierbas para que la carne retuviese el sabor penetrante de las especias y la hierba-huerto, creo que debido a que la mayor parte de sus clientes eran orcos que no iban a tolerar deborar un asado que estuviese carente de gracia.
Mientras terminábamos nuestras alas, nos encaminábamos hacia los establos de Brill donde supuestamente tenía que canjear el vale que me adjuntó Wordeen Voidglare en la misiva que me mandó desde Tarren Mill.
Aleph, entre tanto, empezó con sus preguntas…
-¿Puedo preguntarte algo Ravenore?- dijo mientras mascaba un hueso.
-Si va a terminar en más preguntas, no.
-Sólo quería saber por qué su acento es tan… ¿común?
-¿Por qué me preguntas eso?- masqué un trozo de carne con indiferencia.
-Verá… Mi abuelo me dijo que a parte de los orcos, los trolls tenían un acento bastante particular. Aprendí algo de lenguaje orco mientras estuve de entrenamiento con el resto de los reclutas en Deathknell, y tengo curiosidad por saber cómo suena el lenguaje troll.
Me quedé en silencio, haciendo como si no le hubiese oído. Al terminarme el último trozo de mi ala de murciélago, por cierto, de un murciélago bastante considerable, sentí que Aleph clavaba los ojos en mi con la misma punzante expectación que una estalactita en el ojo. Luego él suspiró resignado y miró al suelo al no recibir respuesta.
-Sólo una vez…- musité.
Mi escudero volvió a clavarme sus ojitos de luciérnaga entusiasmada. ¿Qué en este plano mortal hacía que él fuese tan convincente? Aparté una astilla de hueso con la lengua y pensé en un viejo refrán troll que hacía tiempo que no oía de boca de mis hermanos. Esperé el momento oportuno en el que él prestase más atención antes de pronunciar nada.
-Ai alarion, thraze ju watha, dejunoh hiri’sora daia honnah?- me golpeé ligeramente con el puño en el pecho dos veces -Sul, sul bwoyar. Nyamanpo oondasta sora cyaa.
Aleph se quedó perplejo y ya me olía que iba a preguntar…
-¿Y qué significa eso?
Me apreté el entrecejo con los dedos, disconforme por la pregunta, pero accedí a traducírselo a lenguaje común.
-Leales guardianes, que protegéis los hogares con vuestras vidas, algún día abandonaréis a los vuestros en mitad de la batalla? Nunca, nunca jamás. Nuestras vidas son nuestro hogar.
-Oh…- asintió complacido -Suena muy bien. Ojalá pudiese aprenderlo también igual que la lengua de los orcos, “kek“.
Le miré de reojo pero no le dije nada. En realidad era la primera vez que veía a un humano, aunque fuera no-muerto, deseando aprender sinceramente nuestra lengua zandali. Era tan curioso como contradictorio, pero no era quien para juzgar los “gustos” filológicos de aquel recluta. Después de todo, aprendí la lengua común de los humanos por necesidad y para enriquecer mi perfil cultural, aunque otros trolls prefiriesen hablar la lengua común viciada de los humanos bandidos y los analfabetos… lo justo para comunicarse y comerciar con ellos.
Evadiendo preguntas indiscretas sobre mi lugar de orígen y las razones por las cuales yo poseía Fel como los demás Forsaken, llegamos al final a los famosos establos de Morganus, el patrón del picadero. Era más bien famoso debido a que era el único establo en todo el pueblo, y que ofrecía servicios de alquiler de cuadras a la par que vendía briosas monturas no-muertas. Los establos estaban divididos en dos zonas, la zona donde se alquilaban cuadras a las monturas vivas de la Horda como caballos, huargos, raptors y kodos, y la zona completamente esclusiva para las cuadras de los caballos no-muertos. Que estuviesen separados los unos de los otros me parecía idóneo porque las monturas no-muertas no eran unos “animales” cualquiera. Por mi experiencia al haber estado cerca de uno de ellos, y por lo que me comentaban sus jinetes, los caballos no-muertos son la viva encarnación de la maldad. Esto es debido a que, a diferencia de las razas sentientes como nosotros, los caballos son animales y se rinden a los poderes oscuros con mucha facilidad, dejando que éstos los invada y los infecte, destruyendo la mente original del animal para dejar paso a una mente despiadada y cruel… ¿Cómo entonces se podían montar a unas criaturas poseídas por las energías oscuras? Dejando que éstas te lleven, de ahí que un jinete cualquiera sea completamente incapaz de montar en un caballo no-muerto. Estas monturas deben dar su propio consentimiento para ser montadas, y si te creen merecedor de sus servicios, pueden llegar a ser leales e inteligentes guerreros. Por eso hay que tener una mente muy fuerte, y estar lo suficientemente loco como para querer tener a una de esas bestias de ultratumba como animales de transporte…
-Que la Señora Oscura sea contigo.- saludó uno de los indivíduos que estaba sentado sobre un poste de madera cortado -Me llamo Zacarias Post, el mercader de caballos no-muertos. ¿En qué puedo servirle?
Me aproximé a él mientras observaba a un grupo de orcos charlando con una no-muerta que parecía encargarse de los establos de los animales vivos. -Que la Señora Oscura sea contigo también. Tengo este vale por una montura no-muerta, firmado por Wordeen Voidglare.
Zacarias tomó el panfleto y lo leyó con minuciosidad, aunque no sé cómo lo leería si carecía por completo de ojos, falencia que había arreglado a base de incrustarse unos cinturones de cuero ligero en torno a su cabeza. Dio unos golpecitos con su bastón en el suelo y asintió con la cabeza. -Ya veo, Wordeen Voidglare, de Tarren Mill si no me equivoco. Y tú eres el sacerdote troll Ravenore.- se guardó el vale en uno de los bolsillos y se incorporó, haciendo crujir sonoramente su espalda -El vale te permite llevarte cualquier montura no-muerta que sea de tu agrado, troll… Acompáñeme.- me indicó el camino con el extremo de su bastón.
Siguiéndonos por curiosidad, Aleph se colocó al lado de la entrada de las caballerizas malditas. Fue gracioso pues, al colocarse él cerca de la pared de madera de las misma, uno de los caballos no-muertos que estaba detrás de esa pared dio una coz sonora en la madera vertical, haciendo que él diese un respingo a un lado que casi le hace perder el equilibrio, situación que me hizo que le mirase con ojos asesinos por si por un casual tirara al suelo alguna de las cosas del interior de los zurrones que le confié…
Zacarias me condujo amablemente hasta el arco de entrada a la caballeriza y me hizo una señal con la mano. -Sírvase usted mismo.
Observé el interior de la caballeriza desde afuera. Aquellas cuadras emanaban una maldad indescriptible, como si una manada de demonios estuviese encerrada, esperando a ser alimentados con algún sacrificio vivo. Cada caballo no-muerto asomó la cabeza por encima de las puertas de sus cuadras, espiándome con sus fulgurantes ojos aviesos de animal de ultratumba. Aleph me esperó a fuera mientras yo aventuré unos pasos hacia el interior de aquella “guarida del mal”. Como era de esperar, todos los animales cadavéricos que estaban ahí empezaron a resoplar por fastidio y a piafar en señal de queja. En unos momentos, todas esas bestias se habían puesto de acuerdo para armar un escándalo de ultratumba a base de piafar y cocear rítmicamente el suelo con sus cascos de modo amenazador. Por qué era que no me sorprendía…
-Lo siento maese troll.- trató de disculparse Zacarias en voz alta para hacerse oír por encima de las coces y el piafar de los malditos caballos -Siempre que un sacerdote viene a llevarse a uno de ellos, se ponen de esta manera. ¿Es usted un sacerdote de Luz o de Sombra?
-Ambas.- respondí por encima del hombro.
-Uhm… Mal asunto.- negó con pesar amagado -Las monturas no-muertas nunca llevarán a ningún ser con “inclinaciones luminosas”. Si fueses un sacerdote de las sombras, existíría una posibilidad. Si quiere, le llevo a los establos de al lado… Tenemos algunos raptors en venta que se los puedo canjear en su lugar por el vale que le firmaron.
Aunque la solución que me proponía el mercader era plausible, me iba a negar en rotundo. Este asunto se había vuelto en algo personal… Las bestias esas, al oír que Zacarías me quería llevar a ver las monturas vivas, incrementaron su escándalo intimidatorio para asegurarse de que me echaban. Pero no… No. No me iba a ir… No les iba a dar esa satisfacción… No me iba a dejar amedrentar por unos insulsos bufidos de equino poseído… Si iba a aprender a controlar con efectividad el poder de las sombras, debía aprender a controlar a sus “criaturas”…
Avancé con paso lento por el pasillo central de la caballeriza, y los animales empezaron a piafar de manera más amenazadora. Unos incluso intentaban estirar el cuello para morderme, o para arañarme con sus cuernos antinaturales que solían crecerles cuando ya habían abandonado por completo su espiritu a las tinieblas… Desafiándoles a propósito en su propia casa, me situé justo en el centro de las caballerizas. Había uno que ya empezaba a dar coces para derribar la puerta de la cuadra y tirárseme encima para matarme, pero antes de que eso sucediera, mi conjuro de Anclar No-Muertos saltó de mi cuerpo a mi báculo y de ahí se extendió por el suelo como raices de luz para enredarse en las patas de todas las bestias no-muertas hostiles que ansiaban causarme algún daño. Ahí, paralizados por completo, se hizo por fin el silencio…
-Uhm… Un movimiento magistral maese troll.- enunció Zacarias mientras avanzaba por el pasillo hacia donde yo me encontraba -Me tiene que enseñar a hacer eso.- sonrió entre dientes al “observar” las efigies paralizadas de los enojados caballos no-muertos.
Sentía cómo me seguían mirando con más odio que antes, pero contra más deseos de causarme daños tenían, más fuerte se hacía el conjuro que los paralizaba, así que me lo tomé todo con calma. Paseándome hasta el fondo de la caballeriza, mirando a ambos lados en busca de alguna montura que no me mirase con tanto odio, llegué hasta la última cuadra de la fila derecha. Me quedé embelesado por la efigie de aquél animal. A pesar de lo imponente que era, no me había fijado en él hasta que no estuve de pie ante la puerta de su cuadra. Sus ojos brillaban como dos ascuas al rojo vivo y su piel era tan negra como la noche, con sólo algunas partes carcomidas por los gusanos que devoraron sus entrañas durante el tiempo en el que estuvo muerto. Sus crines hajadas colgaban como una cortina desilachada por un lado de su cuello y los poderosos huesos de sus patas estaban a la vista, sólo cubiertos parcialmente por unos “calcetines” de carne y piel descompuesta reseca. También sus huesos estaban ennegrecidos, como si hubiesen sido quemados por alguna suerte de fuego. Una manta verde pino le cubría el lomo y su cola huesuda y sin pelo sacudía de vez en cuando el aire con indiferencia. Le miré directamente a los ojos, mientras ambos nos escudriñábamos la mente de modo hipnótico.
…¿mi conjuro no te ha afectado?…
…¿por qué debería afectarme si no quiero causarte ningún mal?…
…¿no eres hostil?…
…ayúdame…
-Ah, ¿te interesa el viejo “Magus”?- preguntó Zacarías colocándose a mi lado como si estuviera orgulloso de que me hubiese fijado en aquel “animal”.
-¿”Magus”? Un nombre curioso para un caballo, ¿no cree?
-Sí, eso es lo que les dije a los Deathstalkers cuando me lo trajeron por primera vez hace varios meses…- se rascó la barbilla con la cabeza de su bastón -Me comentaron un rumor sobre este animal que quizás esté interesado en oír.
-Adelante.- apremié.
-Los Deathstalkers dicen que este animal al principio fue un poderoso mago que ejercía sus estudios en la vieja ciudad magocrática de Dalaran. Por envidias y celos, lo castigaron a base de expropiarlo de sus poderes y convertirlo en un caballo. Al querer irrumpir dentro del círculo de los archimagos del Kirin’Tor, unos elfos guardianes lo hirieron de muerte y lo hicieron huir de la ciudad… para caer exhausto en las fronteras de Silverpine, de camino al reino de Gilneas. La Plaga que asoló la zona hizo el resto.
-Interesante historia, sí…- asentí mientras acerqué la mano a los morros del animal. Magus olfateó mi mano con sus enormes hoyares, y exhaló un vapor etéreo.
Zacarias se apoya sobre su bastón, complacido por haber atraído mi atención. -Sea cierta o no la historia, eres el primero que se ha fijado en él.
-¿El primero? ¿Por qué?
-Magus no quiere ser montado ni por magos ni por guerreros, a los magos porque creemos que los odia a muerte debido a la historia que tiene detrás, y a los guerreros tampoco porque ellos carecen de poderes mágicos.
Aleph carraspeó sin disimulo desde la mitad del pasillo. Había entrado aprovechando para observar a las monturas no-muertas paralizadas pero luego se puso a nuestro lago para observar a Magus con la misma impresión que también me causó.
-¿Y qué hay de los sacerdotes? ¿Ningun sacerdote de las sombras lo quiso?
-Ah, buena pregunta. En realidad no lo sabremos nunca, porque cuando ellos entran no suelen caminar hasta el final del pasillo, y siempre se quedan con la primera montura que tienen a la vista. No son muy selectos…
Palmeé amistosamente la testa de Magus. -Sus ojos arden en deseos de venganza.- le comenté a Aleph.
-¿Venganza?- preguntó confuso.
En efecto, los ojos de Magus brillaban con una sapiencia y un odio ardiente hacia los que le condenaron a ese tipo de sufrimiento que podrían haber incendiado la caballeriza en cualquier momento. Si quería ganarme su confianza, debería convencerle con algún trato “jugoso”.
…desearía ayudarte contra aquellos que te convirtieron en lo que eres ahora, pero primero deberás ayudarme a mi…
…puedo esperar… …la muerte me ha enseñado bien el significado de la paciencia…
La voz fantasmal de Magus en el interior de mi cabeza no hizo que me lo pensara más de dos veces. -Me lo llevo.
-Buena elección, maese troll.- respondió Zacarias con un ligero atisbo de alivio -Así espero que le sea de utilidad. Es además la montura más adecuada para su tamaño.
Asentí agradecido. Magus tenía las medidas perfectas para que lo pudiese montar, y cuando Zacarias abrió la portezuela de la cuadra para sacarlo, su tamaño total y robustez me complació.
A medida que Zacarias conducía a Magus fuera de las caballerizas, el conjuro de Anclar No-Muertos empezó a diluirse hasta evaporarse en la nada. Las bestias no-muertas, ahora libres de la paralización mágica de mi conjuro, miraron con ojos aviesos en mi dirección, pero no hicieron ningún movimiento ni ningún sonido intimidatorio. Me hacía gracia porque sus intentos de echarme de su casa fueron en vano, y para colmar su hastío, me había llevado a una montura no-muerta más “especial” que todos ellos juntos. Si comparase a Magus con ellos, aquellas bestias malignas no eran más que potrillos con caras de ponys demacrados.
Afuera, una de las mozas de cuadra que respondía por el nombre de Velma, acarreó con los arreos para ensillar amablemente mi nueva montura. Magus se comportó bien y se dejó ensillar y colocar las bridas. Mis conocimientos para ensillar caballos no-muertos eran nulos así que me fijé bien en cómo lo hacía ella para poder repetir la operación cuando se me prestase necesario. Debido a la evidente falta de musculatura y órganos, las cinchas se apretaban y se ajustaban con unos pasadores de metal que se trababan entre los huesos para evitar que la silla cayese hacia un lado o se desplazase hacia adelante o hacia atrás.
-Estas bridas son como las normales, pero están modificadas aquí y aquí para que puedas controlar mejor la dirección de la montura.- me explica Velma -Ajusta las cintas de aquí y aquí y ya está.
Asentí en señal de agradecimiento y miré hacia Aleph, quien también había prestado atención todo el tiempo a la pequeña clase de ensillamiento.
-Para subir, coloca el pie en el estribo y agárrate del cuerno de la silla.- indica Velma con amabilidad, demasiada amabilidad como para proceder de una Forsaken… ¿O será que hasta este momento sólo he tenido mala suerte con las mujeres?
Le presto mi báculo sacerdotal a Aleph para que me lo sujetase, y con un impulso subo sobre Magus y me acomodo en la silla de montar. Como ya saben, es la primera vez que monto a caballo. Mi única experiencia como “jinete” ha sido con los raptors, pero ellos se arrodillan en el suelo para permitirte montar. Con los caballos es diferente. No se agachan y el centro de apoyo es diferente, a parte de que caminan a cuatro patas. Intentando emular a los otros jinetes que vi montando a caballo, intento desplazarme en círculos con Magus haciéndole ir al paso. Oportunamente, Magus era lo suficientemente inteligente como para interpretar mis órdenes a la primera y adivinar mis órdenes antes de que yo las dijese. Esa era la única ventaja de montar sobre un caballo no-muerto a hacerlo con uno vivo. El entendimiento común.
Me detuve ante Aleph y le pedí que me pasara mi báculo que sujeté entre mi mano y el cuerno de la silla. Sentí una ligera vibración energética entre mi báculo y la silla, como si Lukou no estuviese muy convencida de la no hostilidad de la montura. Aleph miró hacia arriba resignado.
-¿No puedo conseguir alguna montura para mi?- rogó él.
-Ni hablar.- negó Zacarias de manera cortante -Nuestras monturas nunca se dejarán montar por reclutas de tan deprimente escalafón.
Aleph agachó la cabeza, deprimido o quizás enojado por sentirse tan vulnerable a las burlas sobre su hipotética experiencia como guerrero. Sin embargo, volvió a alzar la vista hacia mi con mirada determinada.
-No importa Ravenore. Soy tu escudero, y también tu guardaespaldas. Iré a pie a donde sea como parte de mi entrenamiento como soldado.
Tengo que admitir que al escuchar eso, me sentí gratificado por el hecho de que iba a aguantar a ir a todas partes sin montura, incluso cuando no pensaba pagarle una a su efecto. Rápidamente me pongo a rumiar en los días que nos retrasaríamos sólo por tener que cargar con él todo el camino, pero, como no hay prisa, sería un buen momento para poder ayudarle a “entrenar”. Por qué no, sería un camino largo y tedioso y seguramente nos asaltarían los bandidos o las bestias salvajes del infierno de cuando en cuando. De esta manera, con nueva experiencia y autoestima, quizás se convierta en un importante aliado…
Despidiéndonos de Zacarias y de Velma, salimos al paso por la calzada principal, en dirección hacia la salida de Brill. Ya estábamos casi fuera del pueblo cuando Aleph por fin hizo una pregunta inteligente.
-¿A dónde nos dirigimos Ravenore?
Chasqueé la lengua y señalé en lontananza, hacia los oscuros bosques del suoreste de los Claros de Tirisfal, donde los caminos adoquinados se perdían en la bruma nocturna. -Debemos viajar hacia Tarren Mill, en las colinas de Hillsbrad. ¿Lo conoces?
Él asintió -Cuando aún estaba vivo, muchos soldados partieron hacia Hillsbrad para proteger Ambermill y Tarren Mill. Nosotros sólo cargábamos los carros de provisiones para la compañía, así que conozco muy poco esa zona…
-Bueno, pues en unos días los visitaremos. Nos espera un largo viaje por delante Aleph… Pongámonos en marcha.- azuzé ligeramente a Magus con las bridas e inició el paso por la carretera principal.
-Sí señor.- asintió marcialmente Aleph mientras trataba de ponerse a la altura de mi montura, pero Magus por alguna razón azota a Aleph con la cola cada vez que se pone demasiado cerca. Mejor un latigazo que una coz, ¿no creen?
