Episodio 2-A

Nos dirigíamos por la calzada occidental que cruzaban los Claros de Tirisfal y que rodeaban por el costado oeste a la imponente colina donde se erigían las ruinas del Castillo de Lordaeron. Al paso y sin ninguna prisa, el paseo se mostró bastante tranquilo durante la mayor parte de la noche… Demasiado tranquilo, a mi juicio. Es posible que el hecho de que a nuestras espaldas la aurora violácea de la mañana empezara a alzarse, quizás disuadiese a las criaturas nocturnas de atacar los caminos… No estoy muy seguro… Estoy por pensar que el aspecto intimidatorio de Magus estaba echando atrás a todas las bestias infernales que acechaban las calzadas, pues, era muy extraño que los sabuesos infernales o los felbats vampíricos no saltaran sobre nosotros de un momento a otro como era común por esos lares… La calzada principal era un gran ejemplo de lo comunes que eran esos ataques. Charcos de sangre reseca, adoquines levantados, cadáveres descomponiéndose entre los matorrales colindantes, restos de equipo destrozado… Los Forsaken no eran muy dados de mantener las calzadas libres de obstáculos, a menos que fuesen demasiado grandes como para impedir el paso normal de los carromatos de transporte de víveres y cuerpos. Por nuestra parte, aunque viésemos los vestigios de viejas batallas desperdigados por la calzada y alrededores, no recibimos ningún tipo de visita que nos fuera hostil, ni siquiera cuando llegamos a la altura de la colina del castillo, cuando es más frecuente que los cruzados de la Cruzada Escarlata emboscasen las caravanas o los viajeros precarios… Aleph, por su cuenta, estaba en constante estado de alerta. Hasta el crujir sospechoso de una rama oculta entre las sombras le hacía volverse en redondo para comprobar que nada ni nadie estuviese a punto de asaltarnos… Qué comedido por su parte… Aunque lo “contraté” como escudero, todavía porfía por querer ser mi guardaespaldas… Después de tantos inviernos luchando y defendiéndome por mi propia cuenta, entenderán lo patético que me resulta tener que dejar mi vida al cargo de un recluta que imponía menos que una rata salvaje con sarna…

Los cuervos y los mirlos comenzaron a graznar para saludar el oscuro alba de un nuevo día… Aún no se habían alzado los buitres de montaña, pero los vuelos circulares de los cuervos indicaban que algo o alguien había perecido recientemente en alguna parte de las arboledas que nos rodeaban. La oscura aura maldita de los bosques empezó a aclararse, sólo para revelar que ni el mismísimo sol era capaz de volcar sus rayos más allá de la espesa capa mortecina que respiraban estas malditas tierras… Era como vivir de nuevo una noche, pero sin la necesidad de la luz procedente de las farolas retorcidas que a veces flanqueaban el camino. Esas farolas estaban siempre encendidas por un fuego mágico y algun mejunje alquímico que permitía a las farolas iluminar la calzada para evitar que los viajeros se extraviasen… Una acción inútil pues la mayor parte de ellas estaban arrancadas de su lugar o les habían cercenado la lámpara para robarles la sustancia que las mantenía encendidas. Aún así, era común en los Forsaken dejar en pie los antiguos vestigios de su pasada vida como mortales, fuera por añoranza o fuera por mero descuido, y esas farolas eran un ejemplo de la nostalgia que en unos pocos había brotado… si no, no comprendo el empeño de algunos sepultureros por mantener algunas de ellas escendidas, como faros moribundos en mitad de la noche, titilando con su aura verdosa como si hubiesen enjaulado las estrellas del cielo que habían caído asfixiadas por el fuerte hedor a muerte que emanaban de aquellos campos… Esto hace pensar en lo fácil que es convertir a una simple farola en un drama cuando el tedio de un viaje no deja lugar a una meditación más “profunda”…

Mientras mi mente permanece meciéndose en mitad de la indignación producida por el estado actual de estos antiguos bosques, Aleph parece relajarse un poco a medida que la luz podrida del día comienza a invadir el lugar y a permitir una mejor vigilancia de los alrededores. Le he visto mordisquear uno de esos famosos hongos que tenía guardados en una de sus bolsas de viaje. Eso me hizo recordar el estado inactivo de mi Fel. La sensación ardiente que sentí en Brill había sido mitigada con un simple y frugal alimento, muy poco si lo comparo con lo que hubiese comido en la realidad si hubiese estado vivo, una ventaja clara de ser muerto viviente… Pero este hecho no me consolaba mucho… Me parecía demasiado “sencillo” que con sólo comer un poco de alimentos de origen vivo se pudiera apaciguar tan fácilmente el desarrollo del Fel… Demasiado fácil… Al igual que cualquier energía procedente de los abismos, el Fel era capaz de corromper desde un sólo grano de arena hasta hectáreas y hectáreas de terreno, incluyendo las montañas, los lagos, las criaturas o el mismo aire. Una sustancia con tanto poder corrupto no podía ser controlada con un simple hongo o un ala asada de murciélago gigante… Esta misma fuerza que desafiaba a la muerte para poder animar nuestros profanos cadáveres no era algo de subestimar… El Fel en cada uno de nosotros pide sacrificios constantes, envileciendo nuestros pensamientos para que manifestemos su voluntad en forma de actos destructivos, nutriéndose de ellos como una impía sanguijuela… Sin embargo, los Forsaken habían logrado domar el Fel, sometiéndolo a sus voluntades de tal manera que con un sacrificio de pan bastaba para apaciguarlo. Sigo sin poder creerlo… ¿Quizás aquel Fel que utilizaban estaba debilitado o alterado por los químicos que sus apotecarios mezclaban en matraces en su constante búsqueda por una cura a su maldición? ¿O quizás el Fel estaba esperando la oportunidad para atraparnos desprevenidos y hacerse con el control de nuestro cuerpo? Suspiro. El Fel puede ser controlado si el espíritu de un indivíduo es fuerte y supera las tentaciones que el Fel vuelca constantemente en su cabeza, pero, ¿quién tendrá más resistencia a largo plazo? Es un riesgo que hay que correr…
-Ravenore.- interrumpe Aleph mis cavilaciones con su hilo de voz introvertido.
Abro los ojos y observo un par de cuevos planeando en nuestra dirección. El cuervo, mi tótem…
-¿Ravenore?- se adelanta un poco y empieza a caminar de espaldas para mirarme a la cara.
-Mira hacia adelante, no vayas a tropezar y caer sobre las pócimas de mis zurrones…- le advertí.
-Lo siento.- balbució y se dio la vuelta sin dejar de mirarme -Es que tenía una duda, pero como no le gustan las preguntas…
-Adelante; estoy inspirado.- le apremié indiferente, sin dejar de observar el vuelo de esos dos cuervos que parecían seguirnos.
-Verá, desde que salimos de Brill me estuve preguntando todo el rato por…
-Oh, oh, oh. Deténte.- le alerté colocando la cabeza de mi báculo ante su pecho.
Aleph sacudió la cabeza, confuso por la interrupción, pero pronto se alarmó al ver lo mismo que estaba viendo yo. Justo delante del camino, a varias zancadas de nosotros, un huargo rabioso acababa de abatir a un novato Forsaken y estaba royendo los restos de carne y hueso que quedaban entre los jirones de la armadura de cuero. Un charco de Fel empapaba la calzada en sustitución de la sangre, y el huargo lo lamía inconsciente de la naturaleza peligrosa del fluído.
Juzgando por lo poco que quedaba de la antigua integridad del recluta, llevaba muerto un buen rato, y de la cara ya no quedaba ni la piel sobre los huesos. El brillo sobrenatural de los ojos había desaparecido, lo que indicaba que el Forsaken estaba completamente “muerto”, pero su alma demacrada yacía a un lado, sentado de rodillas, contemplando estupefacto cómo el huargo digería los restos de su antiguo recipiente no-muerto. No pareció inmutarse por nuestra presencia, al igual que el huargo, que estaba ocupado arrancando tiras de piel de las costillas y mascando el cuero de la armadura en busca de los sabores de los taninos. Sólo cuando Aleph desenvainó la espada, haciendo que el metal fricara contra la funda, el animal rotó las orejas y nos dedicó una mirada salvaje que podíamos habernos ahorrado con sólo rodear la zona… Pero ya no importaba.
-Vamos Aleph, ahora que has llamado la atención del “cachorro”, pon en práctica todo lo que sepas sobre el combate con espada.- le di unos golpecitos en la cabeza con el báculo para azuzarle a la batalla.
-Pero… Pero…- me miró con ojos desorbitados -Es muy… ¡grande!
En efecto, como cualquier buen huargo, aquella criatura media hasta la cruz casi tanto como Aleph. Por eso las especies de huargos eran a veces utilizadas como montura por los orcos para viajar largas distancias, llamándose a si mismos los Jinetes de Lobos, título que hacía temblar a más de un enemigo en pleno campo de batalla. Este huargo de todos modos era algo “menor” que sus compadres de montaña, pero tenía un aliciente extra… Estaba rabioso, y el Fel empezaba a hacerle efecto en la mente…
El animal dio la vuelta y dejó atrás a su pieza para enfrentarse a nosotros. Magus resopló un vapor etéreo por sus hoyares, supuestamente enojado por la interrupción de su paso. Aleph ya se estaba apresurando para desamarrarse los zurrones y dejarlos en el suelo mientras yo empezaba a concentrar algunos hechizos de curación por si acaso. No confiaba para nada en él, pero si quería que él aprendiese, debía comenzar a luchar sus propias batallas si es que quería mejorar su estilo con la espada y el escudo…
Observé que el fantasma del recluta caído se había incorporado y estaba mirando hacia nosotros. No hizo nada más salvo mirarnos languideciente, como rogando silenciosamente que vengásemos su muerte de alguna manera. No se haría esperar… En cuanto el huargo muriese, podría darle una oportunidad más a esa alma en pena, pero sólo porque la Luz me lo permite…

Publicado en on Febrero 9, 2008 at 6:42 pm Deja un comentario

Heheh ^_^

Por fin el primer episodio ha sido posteado D: Ojalá pudiese tener tanto tiempo para dedicárselo sólo a la escritura, pero no es así T_T En fin, espero que disfruten de él :P Está dividido en 8 trozos O_o Mi criterio de división es aleatorio, sólo separo los trozos cuando son muy largos y contienen diferentes escenas o un desfase grande de tiempo.

Bueno, yo me voy a la cama, que aquí se hace tarde y aún no he dormido T_T Bona nit ^_^

Recuerden que los posts están dispuestos de modo ascendente, así que el principio de cada episodio está abajo del todo y el final está arriba!

Publicado en on Febrero 8, 2008 at 6:32 am Deja un comentario

Episodio 1-H

Él me miró con cara expectante, pero yo me quedé mirando en el infinito. Me sentía extraño. Algo estaba como empezando a quemarme de dentro afuera, obligándome a llevarme la mano a la boca. Sin querer rejurgité algo de Fel, que se derramó en el suelo como si fuese un vómito común.
Aleph pareció alarmarse -¿Se encuentra bien?
Ignorando la razón por la que el Fel había querido aflorar por mi boca, mi escudero trató de darme explicaciones.
-A veces a mi y a otros nos pasa lo mismo cuando llevamos mucho tiempo sin comer algo. Desde que desperté de mi tumba, el sepulturero me recomendó que para evitar que el Fel destruyese mi cuerpo, que de vez en cuando comiese algo como si estuviese vivo de nuevo. No comprendí bien la razón, pero me dio de comer varios hongos que me hicieron sentirme mejor.
-Entonces, ¿así es como los Forsaken saben que tienen que alimentarse?
Aleph se rascó tras la nuca por mania -Bueno, a veces cuando me siento débil, con comerme un hongo me basta para recuperarme. Sólo vomité Fel una vez en la que me quedé un día entero encerrado en una cripta debido a que unos gnolls exhumadores de tumbas me tiraron y encerraron allí hasta que me rescató otro recluta de nivel mayor.- parecía como si se sintiese avergonzado por decir eso.
Era curioso. Eso significa que desde el primer momento en el que sentí aquellas fatigas al levantarme de la mesa de operaciones, era ya un indicativo de que el Fel empezaba a reclamar su sacrificio. Mi autocontrol me permitió ignorar la debilidad durante todo este tiempo, pero no pensé que el Fel acabaría saltando de mi cuerpo de esa manera. Sería mejor no dejar pasar más tiempo y aplacarlo cuanto antes con cualquier cosa “comestible” antes de que empezara a consumir mis órganos como una feroz sanguijuela.
-Vayamos a cenar…

Por recomendación de Aleph, compramos un par de esas famosas alas crujientes de murciélago que un vendedor Forsaken asaba en un pequeño puesto de venta, bastante concurrido por orcos por cierto… Aleph parece no haber perdido el sentido del olfato, a diferencia de mi, por lo que pudo oler el aroma del asado incluso desde la otra calle en la que estábamos. Por fortuna, aún mi lengua podía saborear el regusto de las hierbas y la carne asada, un alimento frugal pero que apaciguó con creces el ardor que me causaba el Fel. Era de agradecer que aquel cocinero Forsaken hubiese aprendido a dosificar las hierbas para que la carne retuviese el sabor penetrante de las especias y la hierba-huerto, creo que debido a que la mayor parte de sus clientes eran orcos que no iban a tolerar deborar un asado que estuviese carente de gracia.
Mientras terminábamos nuestras alas, nos encaminábamos hacia los establos de Brill donde supuestamente tenía que canjear el vale que me adjuntó Wordeen Voidglare en la misiva que me mandó desde Tarren Mill.
Aleph, entre tanto, empezó con sus preguntas…
-¿Puedo preguntarte algo Ravenore?- dijo mientras mascaba un hueso.
-Si va a terminar en más preguntas, no.
-Sólo quería saber por qué su acento es tan… ¿común?
-¿Por qué me preguntas eso?- masqué un trozo de carne con indiferencia.
-Verá… Mi abuelo me dijo que a parte de los orcos, los trolls tenían un acento bastante particular. Aprendí algo de lenguaje orco mientras estuve de entrenamiento con el resto de los reclutas en Deathknell, y tengo curiosidad por saber cómo suena el lenguaje troll.
Me quedé en silencio, haciendo como si no le hubiese oído. Al terminarme el último trozo de mi ala de murciélago, por cierto, de un murciélago bastante considerable, sentí que Aleph clavaba los ojos en mi con la misma punzante expectación que una estalactita en el ojo. Luego él suspiró resignado y miró al suelo al no recibir respuesta.
-Sólo una vez…- musité.
Mi escudero volvió a clavarme sus ojitos de luciérnaga entusiasmada. ¿Qué en este plano mortal hacía que él fuese tan convincente? Aparté una astilla de hueso con la lengua y pensé en un viejo refrán troll que hacía tiempo que no oía de boca de mis hermanos. Esperé el momento oportuno en el que él prestase más atención antes de pronunciar nada.
-Ai alarion, thraze ju watha, dejunoh hiri’sora daia honnah?- me golpeé ligeramente con el puño en el pecho dos veces -Sul, sul bwoyar. Nyamanpo oondasta sora cyaa.
Aleph se quedó perplejo y ya me olía que iba a preguntar…
-¿Y qué significa eso?
Me apreté el entrecejo con los dedos, disconforme por la pregunta, pero accedí a traducírselo a lenguaje común.
-Leales guardianes, que protegéis los hogares con vuestras vidas, algún día abandonaréis a los vuestros en mitad de la batalla? Nunca, nunca jamás. Nuestras vidas son nuestro hogar.
-Oh…- asintió complacido -Suena muy bien. Ojalá pudiese aprenderlo también igual que la lengua de los orcos, “kek“.
Le miré de reojo pero no le dije nada. En realidad era la primera vez que veía a un humano, aunque fuera no-muerto, deseando aprender sinceramente nuestra lengua zandali. Era tan curioso como contradictorio, pero no era quien para juzgar los “gustos” filológicos de aquel recluta. Después de todo, aprendí la lengua común de los humanos por necesidad y para enriquecer mi perfil cultural, aunque otros trolls prefiriesen hablar la lengua común viciada de los humanos bandidos y los analfabetos… lo justo para comunicarse y comerciar con ellos.

Evadiendo preguntas indiscretas sobre mi lugar de orígen y las razones por las cuales yo poseía Fel como los demás Forsaken, llegamos al final a los famosos establos de Morganus, el patrón del picadero. Era más bien famoso debido a que era el único establo en todo el pueblo, y que ofrecía servicios de alquiler de cuadras a la par que vendía briosas monturas no-muertas. Los establos estaban divididos en dos zonas, la zona donde se alquilaban cuadras a las monturas vivas de la Horda como caballos, huargos, raptors y kodos, y la zona completamente esclusiva para las cuadras de los caballos no-muertos. Que estuviesen separados los unos de los otros me parecía idóneo porque las monturas no-muertas no eran unos “animales” cualquiera. Por mi experiencia al haber estado cerca de uno de ellos, y por lo que me comentaban sus jinetes, los caballos no-muertos son la viva encarnación de la maldad. Esto es debido a que, a diferencia de las razas sentientes como nosotros, los caballos son animales y se rinden a los poderes oscuros con mucha facilidad, dejando que éstos los invada y los infecte, destruyendo la mente original del animal para dejar paso a una mente despiadada y cruel… ¿Cómo entonces se podían montar a unas criaturas poseídas por las energías oscuras? Dejando que éstas te lleven, de ahí que un jinete cualquiera sea completamente incapaz de montar en un caballo no-muerto. Estas monturas deben dar su propio consentimiento para ser montadas, y si te creen merecedor de sus servicios, pueden llegar a ser leales e inteligentes guerreros. Por eso hay que tener una mente muy fuerte, y estar lo suficientemente loco como para querer tener a una de esas bestias de ultratumba como animales de transporte…
-Que la Señora Oscura sea contigo.- saludó uno de los indivíduos que estaba sentado sobre un poste de madera cortado -Me llamo Zacarias Post, el mercader de caballos no-muertos. ¿En qué puedo servirle?
Me aproximé a él mientras observaba a un grupo de orcos charlando con una no-muerta que parecía encargarse de los establos de los animales vivos. -Que la Señora Oscura sea contigo también. Tengo este vale por una montura no-muerta, firmado por Wordeen Voidglare.
Zacarias tomó el panfleto y lo leyó con minuciosidad, aunque no sé cómo lo leería si carecía por completo de ojos, falencia que había arreglado a base de incrustarse unos cinturones de cuero ligero en torno a su cabeza. Dio unos golpecitos con su bastón en el suelo y asintió con la cabeza. -Ya veo, Wordeen Voidglare, de Tarren Mill si no me equivoco. Y tú eres el sacerdote troll Ravenore.- se guardó el vale en uno de los bolsillos y se incorporó, haciendo crujir sonoramente su espalda -El vale te permite llevarte cualquier montura no-muerta que sea de tu agrado, troll… Acompáñeme.- me indicó el camino con el extremo de su bastón.
Siguiéndonos por curiosidad, Aleph se colocó al lado de la entrada de las caballerizas malditas. Fue gracioso pues, al colocarse él cerca de la pared de madera de las misma, uno de los caballos no-muertos que estaba detrás de esa pared dio una coz sonora en la madera vertical, haciendo que él diese un respingo a un lado que casi le hace perder el equilibrio, situación que me hizo que le mirase con ojos asesinos por si por un casual tirara al suelo alguna de las cosas del interior de los zurrones que le confié…
Zacarias me condujo amablemente hasta el arco de entrada a la caballeriza y me hizo una señal con la mano. -Sírvase usted mismo.
Observé el interior de la caballeriza desde afuera. Aquellas cuadras emanaban una maldad indescriptible, como si una manada de demonios estuviese encerrada, esperando a ser alimentados con algún sacrificio vivo. Cada caballo no-muerto asomó la cabeza por encima de las puertas de sus cuadras, espiándome con sus fulgurantes ojos aviesos de animal de ultratumba. Aleph me esperó a fuera mientras yo aventuré unos pasos hacia el interior de aquella “guarida del mal”. Como era de esperar, todos los animales cadavéricos que estaban ahí empezaron a resoplar por fastidio y a piafar en señal de queja. En unos momentos, todas esas bestias se habían puesto de acuerdo para armar un escándalo de ultratumba a base de piafar y cocear rítmicamente el suelo con sus cascos de modo amenazador. Por qué era que no me sorprendía…
-Lo siento maese troll.- trató de disculparse Zacarias en voz alta para hacerse oír por encima de las coces y el piafar de los malditos caballos -Siempre que un sacerdote viene a llevarse a uno de ellos, se ponen de esta manera. ¿Es usted un sacerdote de Luz o de Sombra?
-Ambas.- respondí por encima del hombro.
-Uhm… Mal asunto.- negó con pesar amagado -Las monturas no-muertas nunca llevarán a ningún ser con “inclinaciones luminosas”. Si fueses un sacerdote de las sombras, existíría una posibilidad. Si quiere, le llevo a los establos de al lado… Tenemos algunos raptors en venta que se los puedo canjear en su lugar por el vale que le firmaron.
Aunque la solución que me proponía el mercader era plausible, me iba a negar en rotundo. Este asunto se había vuelto en algo personal… Las bestias esas, al oír que Zacarías me quería llevar a ver las monturas vivas, incrementaron su escándalo intimidatorio para asegurarse de que me echaban. Pero no… No. No me iba a ir… No les iba a dar esa satisfacción… No me iba a dejar amedrentar por unos insulsos bufidos de equino poseído… Si iba a aprender a controlar con efectividad el poder de las sombras, debía aprender a controlar a sus “criaturas”…
Avancé con paso lento por el pasillo central de la caballeriza, y los animales empezaron a piafar de manera más amenazadora. Unos incluso intentaban estirar el cuello para morderme, o para arañarme con sus cuernos antinaturales que solían crecerles cuando ya habían abandonado por completo su espiritu a las tinieblas… Desafiándoles a propósito en su propia casa, me situé justo en el centro de las caballerizas. Había uno que ya empezaba a dar coces para derribar la puerta de la cuadra y tirárseme encima para matarme, pero antes de que eso sucediera, mi conjuro de Anclar No-Muertos saltó de mi cuerpo a mi báculo y de ahí se extendió por el suelo como raices de luz para enredarse en las patas de todas las bestias no-muertas hostiles que ansiaban causarme algún daño. Ahí, paralizados por completo, se hizo por fin el silencio…
-Uhm… Un movimiento magistral maese troll.- enunció Zacarias mientras avanzaba por el pasillo hacia donde yo me encontraba -Me tiene que enseñar a hacer eso.- sonrió entre dientes al “observar” las efigies paralizadas de los enojados caballos no-muertos.
Sentía cómo me seguían mirando con más odio que antes, pero contra más deseos de causarme daños tenían, más fuerte se hacía el conjuro que los paralizaba, así que me lo tomé todo con calma. Paseándome hasta el fondo de la caballeriza, mirando a ambos lados en busca de alguna montura que no me mirase con tanto odio, llegué hasta la última cuadra de la fila derecha. Me quedé embelesado por la efigie de aquél animal. A pesar de lo imponente que era, no me había fijado en él hasta que no estuve de pie ante la puerta de su cuadra. Sus ojos brillaban como dos ascuas al rojo vivo y su piel era tan negra como la noche, con sólo algunas partes carcomidas por los gusanos que devoraron sus entrañas durante el tiempo en el que estuvo muerto. Sus crines hajadas colgaban como una cortina desilachada por un lado de su cuello y los poderosos huesos de sus patas estaban a la vista, sólo cubiertos parcialmente por unos “calcetines” de carne y piel descompuesta reseca. También sus huesos estaban ennegrecidos, como si hubiesen sido quemados por alguna suerte de fuego. Una manta verde pino le cubría el lomo y su cola huesuda y sin pelo sacudía de vez en cuando el aire con indiferencia. Le miré directamente a los ojos, mientras ambos nos escudriñábamos la mente de modo hipnótico.
…¿mi conjuro no te ha afectado?…
…¿por qué debería afectarme si no quiero causarte ningún mal?…
…¿no eres hostil?…
…ayúdame…
-Ah, ¿te interesa el viejo “Magus”?- preguntó Zacarías colocándose a mi lado como si estuviera orgulloso de que me hubiese fijado en aquel “animal”.
-¿”Magus”? Un nombre curioso para un caballo, ¿no cree?
-Sí, eso es lo que les dije a los Deathstalkers cuando me lo trajeron por primera vez hace varios meses…- se rascó la barbilla con la cabeza de su bastón -Me comentaron un rumor sobre este animal que quizás esté interesado en oír.
-Adelante.- apremié.
-Los Deathstalkers dicen que este animal al principio fue un poderoso mago que ejercía sus estudios en la vieja ciudad magocrática de Dalaran. Por envidias y celos, lo castigaron a base de expropiarlo de sus poderes y convertirlo en un caballo. Al querer irrumpir dentro del círculo de los archimagos del Kirin’Tor, unos elfos guardianes lo hirieron de muerte y lo hicieron huir de la ciudad… para caer exhausto en las fronteras de Silverpine, de camino al reino de Gilneas. La Plaga que asoló la zona hizo el resto.
-Interesante historia, sí…- asentí mientras acerqué la mano a los morros del animal. Magus olfateó mi mano con sus enormes hoyares, y exhaló un vapor etéreo.
Zacarias se apoya sobre su bastón, complacido por haber atraído mi atención. -Sea cierta o no la historia, eres el primero que se ha fijado en él.
-¿El primero? ¿Por qué?
-Magus no quiere ser montado ni por magos ni por guerreros, a los magos porque creemos que los odia a muerte debido a la historia que tiene detrás, y a los guerreros tampoco porque ellos carecen de poderes mágicos.
Aleph carraspeó sin disimulo desde la mitad del pasillo. Había entrado aprovechando para observar a las monturas no-muertas paralizadas pero luego se puso a nuestro lago para observar a Magus con la misma impresión que también me causó.
-¿Y qué hay de los sacerdotes? ¿Ningun sacerdote de las sombras lo quiso?
-Ah, buena pregunta. En realidad no lo sabremos nunca, porque cuando ellos entran no suelen caminar hasta el final del pasillo, y siempre se quedan con la primera montura que tienen a la vista. No son muy selectos…
Palmeé amistosamente la testa de Magus. -Sus ojos arden en deseos de venganza.- le comenté a Aleph.
-¿Venganza?- preguntó confuso.
En efecto, los ojos de Magus brillaban con una sapiencia y un odio ardiente hacia los que le condenaron a ese tipo de sufrimiento que podrían haber incendiado la caballeriza en cualquier momento. Si quería ganarme su confianza, debería convencerle con algún trato “jugoso”.
…desearía ayudarte contra aquellos que te convirtieron en lo que eres ahora, pero primero deberás ayudarme a mi…
…puedo esperar… …la muerte me ha enseñado bien el significado de la paciencia…
La voz fantasmal de Magus en el interior de mi cabeza no hizo que me lo pensara más de dos veces. -Me lo llevo.
-Buena elección, maese troll.- respondió Zacarias con un ligero atisbo de alivio -Así espero que le sea de utilidad. Es además la montura más adecuada para su tamaño.
Asentí agradecido. Magus tenía las medidas perfectas para que lo pudiese montar, y cuando Zacarias abrió la portezuela de la cuadra para sacarlo, su tamaño total y robustez me complació.
A medida que Zacarias conducía a Magus fuera de las caballerizas, el conjuro de Anclar No-Muertos empezó a diluirse hasta evaporarse en la nada. Las bestias no-muertas, ahora libres de la paralización mágica de mi conjuro, miraron con ojos aviesos en mi dirección, pero no hicieron ningún movimiento ni ningún sonido intimidatorio. Me hacía gracia porque sus intentos de echarme de su casa fueron en vano, y para colmar su hastío, me había llevado a una montura no-muerta más “especial” que todos ellos juntos. Si comparase a Magus con ellos, aquellas bestias malignas no eran más que potrillos con caras de ponys demacrados.
Afuera, una de las mozas de cuadra que respondía por el nombre de Velma, acarreó con los arreos para ensillar amablemente mi nueva montura. Magus se comportó bien y se dejó ensillar y colocar las bridas. Mis conocimientos para ensillar caballos no-muertos eran nulos así que me fijé bien en cómo lo hacía ella para poder repetir la operación cuando se me prestase necesario. Debido a la evidente falta de musculatura y órganos, las cinchas se apretaban y se ajustaban con unos pasadores de metal que se trababan entre los huesos para evitar que la silla cayese hacia un lado o se desplazase hacia adelante o hacia atrás.
-Estas bridas son como las normales, pero están modificadas aquí y aquí para que puedas controlar mejor la dirección de la montura.- me explica Velma -Ajusta las cintas de aquí y aquí y ya está.
Asentí en señal de agradecimiento y miré hacia Aleph, quien también había prestado atención todo el tiempo a la pequeña clase de ensillamiento.
-Para subir, coloca el pie en el estribo y agárrate del cuerno de la silla.- indica Velma con amabilidad, demasiada amabilidad como para proceder de una Forsaken… ¿O será que hasta este momento sólo he tenido mala suerte con las mujeres?
Le presto mi báculo sacerdotal a Aleph para que me lo sujetase, y con un impulso subo sobre Magus y me acomodo en la silla de montar. Como ya saben, es la primera vez que monto a caballo. Mi única experiencia como “jinete” ha sido con los raptors, pero ellos se arrodillan en el suelo para permitirte montar. Con los caballos es diferente. No se agachan y el centro de apoyo es diferente, a parte de que caminan a cuatro patas. Intentando emular a los otros jinetes que vi montando a caballo, intento desplazarme en círculos con Magus haciéndole ir al paso. Oportunamente, Magus era lo suficientemente inteligente como para interpretar mis órdenes a la primera y adivinar mis órdenes antes de que yo las dijese. Esa era la única ventaja de montar sobre un caballo no-muerto a hacerlo con uno vivo. El entendimiento común.
Me detuve ante Aleph y le pedí que me pasara mi báculo que sujeté entre mi mano y el cuerno de la silla. Sentí una ligera vibración energética entre mi báculo y la silla, como si Lukou no estuviese muy convencida de la no hostilidad de la montura. Aleph miró hacia arriba resignado.
-¿No puedo conseguir alguna montura para mi?- rogó él.
-Ni hablar.- negó Zacarias de manera cortante -Nuestras monturas nunca se dejarán montar por reclutas de tan deprimente escalafón.
Aleph agachó la cabeza, deprimido o quizás enojado por sentirse tan vulnerable a las burlas sobre su hipotética experiencia como guerrero. Sin embargo, volvió a alzar la vista hacia mi con mirada determinada.
-No importa Ravenore. Soy tu escudero, y también tu guardaespaldas. Iré a pie a donde sea como parte de mi entrenamiento como soldado.
Tengo que admitir que al escuchar eso, me sentí gratificado por el hecho de que iba a aguantar a ir a todas partes sin montura, incluso cuando no pensaba pagarle una a su efecto. Rápidamente me pongo a rumiar en los días que nos retrasaríamos sólo por tener que cargar con él todo el camino, pero, como no hay prisa, sería un buen momento para poder ayudarle a “entrenar”. Por qué no, sería un camino largo y tedioso y seguramente nos asaltarían los bandidos o las bestias salvajes del infierno de cuando en cuando. De esta manera, con nueva experiencia y autoestima, quizás se convierta en un importante aliado…

Despidiéndonos de Zacarias y de Velma, salimos al paso por la calzada principal, en dirección hacia la salida de Brill. Ya estábamos casi fuera del pueblo cuando Aleph por fin hizo una pregunta inteligente.
-¿A dónde nos dirigimos Ravenore?
Chasqueé la lengua y señalé en lontananza, hacia los oscuros bosques del suoreste de los Claros de Tirisfal, donde los caminos adoquinados se perdían en la bruma nocturna. -Debemos viajar hacia Tarren Mill, en las colinas de Hillsbrad. ¿Lo conoces?
Él asintió -Cuando aún estaba vivo, muchos soldados partieron hacia Hillsbrad para proteger Ambermill y Tarren Mill. Nosotros sólo cargábamos los carros de provisiones para la compañía, así que conozco muy poco esa zona…
-Bueno, pues en unos días los visitaremos. Nos espera un largo viaje por delante Aleph… Pongámonos en marcha.- azuzé ligeramente a Magus con las bridas e inició el paso por la carretera principal.
-Sí señor.- asintió marcialmente Aleph mientras trataba de ponerse a la altura de mi montura, pero Magus por alguna razón azota a Aleph con la cola cada vez que se pone demasiado cerca. Mejor un latigazo que una coz, ¿no creen?

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Episodio 1-G

No les presté más la atención. Ahora me dirigía hacia el recluta, que se había incorporado y había recogido los dos trozos del escudo con sus dos manos. Me miró con cara impresionada. Él era bastante enclenque, un humano de estatura media, cuya muerte le habría sorprendido en mitad de sus 18 años humanos, y que me miraba desde abajo como si temiese que me acabase cayendo encima suya.
-Gracias por la ayuda, señor troll.- se apresuró a decirme. Parecía que estaba empezando a ganar confianza.
Yo le miré como un gigante fijándose en la insignificancia de un ratón. Posé mi mano sobre su cabeza y le bendecí con una Cura Leve y una Palabra de Poder: Fortaleza. Los efectos no tardaron en hacerse notar…
El recluta soltó una exclamación de sorpresa cuando sintió mis bendiciones trabajando dentro de su cuerpo -¡Waw! ¿Qué es todo este poder que me embarga? ¡Siento como si fuera capaz de mover montañas!
-Quién sabe si algún día serás capaz de una hazaña así…- me rasqué la barbilla pensativo. Creo que no tenía que haberle dado una bendición tan potente…
-En realidad, muchísimas gracias señor troll. Mi abuelo siempre me había dicho que los troll tenían unos poderes fabulosos para fortalecer o debilitar a los demás. Su actuación me ha impresionado.- el recluta no parecía salir de su efusiva admiración. Me estaba empezando a marear…
-Te he salvado la vida, ¿e insinúas que esto sólo ha sido un espectáculo para tí?
-No, no… Creo que me he expresado mal.- se apresuró a corregirse -Quería decir que esa muestra de poderes ha sido muy impresionante. ¿Podría preguntarle cómo lo hace?- me rogó con ojos implorantes.
Oh no… Si me había equivocado al salvar al novato equivocado, no me iba a quedar más tiempo en ese callejón para comprobarlo. Me di la vuelta y avancé con mi paso tranquilo de siempre, pasando por el lado de los tres pícaros que aún seguían paralizados y sufriendo en sus entrañas todo el dolor que el plano del nether les estaba sirviendo.
Para mi “desgracia”, el novato al que había salvado la vida estaba siguiéndome… pero no porque íbamos a salir por el mismo lugar, si no porque él me estaba siguiendo de cerca a propósito.

Cuando salí del callejón y me uní al resto de los transeúntes de la calzada principal de Brill, pude sentir la presencia cercana de aquel recluta. Estaba caminando tan cerca de mi que estaba al alcance preciso de un golpe de mi báculo sacerdotal, pero contuve esa idea de ver sesos de no-muerto desparramados en mitad de la calle. Aunque era de noche, la actividad en Brill no parecía cambiar en comparación con el día, debido quizás a que la mayor parte de los civiles y militares que circulaban por la calzada eran todos Forsaken no-muertos, seres que no precisan de dormir igual que el resto de los vivos… El pueblo parcialmente destruído fue parcialmente reconstruído y acondicionado por los Forsaken para ser habitado como si fuese un puesto avanzado militar más que una apacible comarca de granjeros y agricultores. El poblado ponía a disposición de los aventureros todo tipo de servicios de armas, herreros, comerciantes de especias, alimentos, materiales de forja, materiales para alquimistas, libros de estudio para magos y eruditos, y más o menos cómodas posadas donde los aliados mortales podían descansar sus huesos para la siguiente jornada de aventura. El ayuntamiento de Brill, reconstruído y dirigido por el Magistrado Sevren, era el núcleo principal de todo el pueblo, y en él todavía se guardaban los censos de los civiles que habían vivido en Brill pero que habían muerto por la Plaga del Scourge durante la Tercera Guerra. Se podría decir que en ellos están listados todos los muertos de esa región de Lordaeron, pues un día se me encargó la misión de encontrar a un humano perdido en combate y mi única pista descansaba entre la biblioteca del ayuntamiento. Una tarea que no se me antojó fácil… pero justificaba mi premio final.
Si había algo que no me gustaba de ese pueblo era que justo al lado estaba el Cementerio de Brill, un inmenso campo plagado de lápidas y tumbas de todos los humanos que iban cayendo con la Plaga. Estaba tan atestada de cadáveres que ampliaron el cementerio hasta casi las puertas del mismísimo pueblo, un paisaje bastante desolador… sobretodo porque eso demuestra el poco respeto que poseen los humanos por sus muertos. Si un troll muere, es limpiado, embalsamado y enterrado con todos los honores, incluso en tiempos de guerra donde es difícil hacer rituales extraordinarios. Sin embargo, los humanos, al verse colapsados de cuerpos y cadáveres, llegan a usar el recurso de las fosas comunes, y tiran sus cadáveres dentro de agujeros en la tierra para dejar que se pudran. De esta manera, las almas de los muertos son incapaces de descansar en paz, como demuestra la cantidad de espectros y almas en pena que habitan las ruinas del Castillo de Lordaeron, o los campos de las granjas destruídas por todo el territorio. Los Claros de Tirisfal son un hervidero de fantasmas que no hayan su descanso eterno, y eso, como sacerdote que soy, sólo me llena de desconsuelo… Aunque no sean mis muertos, no puedo soportar ver sufrir a un espíritu por culpa de la negligencia de sus conocidos, sobretodo si el fantasma en cuestión llega a la conclusión de empezar a atacar y molestar a los mortales para apaciguar su ira. Por fortuna, parece ser que el Fel no ha llegado a consumir mi sentido del deber como sacerdote. Eso me alivia…

¿O no? No. Aún me sigue. Pensé que el recluta se perdería entre la muchedumbre o se pararía en alguna herrería para que le reparasen el escudo, pero no… ¡Todavía me sigue! Y mi paciencia… Creo que me la dejé en la mesa de operaciones del Apotecarium…
Me doy la vuelta de modo brusco, pero el recluta se esconde en la esquina de uno de los edificios, en un acto futil por despistarme. Golpeo el suelo con la punta de mi báculo y le hago una señal con el dedo para que se acerque. Él se acerca tímidamente hasta mi, pero se detiene a una distancia prudencial, sin soltar los restos de su escudo.
-Toda esta persecución debe terminar. Te di mis bendiciones con la esperanza de que les dieras buen uso antes de que expirasen, pero en su lugar… ¡me sigues insidiosamente como un perro famélico!
El novato agachó la cabeza como apesadumbrado, y parece que varios Forsaken que cruzaban la calzada en esos momentos movieron sus cabezas en dirección hacia nosotros.
-Perdóneme… Es que aún no sé su nombre.
-¿Mi nombre?- enarqué una ceja incrédulo. ¿Me estaba siguiendo por un simple nombre?
-Sí. Es que no acostumbro a que me salven la vida sin poder decirle a los demás el nombre de aquel que me ha salvado.
Mi sensación de que aquel novato estaba jugando conmigo iba creciendo por momentos, pero, ¿qué iba a perder por intentar satisfacerle esa curiosidad si con ello además podría quitármelo de encima?
-Si te digo mi nombre, ¿te marcharás?
Él negó con la cabeza. -No…
-¡¿No te irás?!- creo que el Fel estaba alimentando demasiado mi exasperación.
-Verá.- suspiró -Como guerrero que soy, y siguiendo el Código Honor que me transmitió mi abuelo, al salvarme la vida me ha endeudado con su… persona.- señaló con el dedo -Eso significa que al deberle la vida, debo intentar saldar la deuda de alguna manera, ya sea salvándole la suya o ayudándole en alguna empresa dificultosa.
Impresionante. De todos los Forsaken novatos que pululaban por el poblado, tuve que toparme con un leal a algún código de honor de caballeria. Aunque respetaba esos códigos de honor humanos, pues se asemejaban bastante a los nuestros, que aquel enclenque intentara saldar una deuda de sangre conmigo era un tanto “imposible”. A menos que…
-Entonces, ¿estás en deuda conmigo? ¿Eso es lo que dices?- me rasqué la barbilla con interés.
Aquél asintió con firmeza -Sí, señor. Eso es todo lo que he dicho.
-¿Y para saldarla debes de devolverme un favor de igual valor?
Volvió a asentir con mirada seria -Sí, señor.
-¿Y qué valor tiene la vida?
Se quedó mudo pero rumió una respuesta. -Un valor incalculable, señor.
-Por supuesto, por supuesto…- le miré con interés -¿Sabes? Siempre me he preguntado cómo sería mi vida si tuviese a un escudero que me ayudase en todo momento fuera de combate.
-¿Fuera de combate?- el recluta parpadeó.
Pasé mi báculo de una mano a otra. Esto me estaba resultando muy divertido. -¿Cómo te llamas?
-Aleph, Aleph Walker, señor.
-Muy bien, Aleph. De ahora en adelante serás mi escudero, y por consiguiente, acatarás cualquier orden que te dirija, bajo pena de decapitación en el caso de que oses desobedecerme.
-¿Su escudero?- me miró con ojos entusiasmados.
-Serás mi escudero hasta que me canse de ti… O hasta que vea que tus servicios me hayan sido de gran utilidad a la larga. Creo que con eso saldarás la deuda perfectamente.
-Ya lo creo, señor…- balbució como si quisiera rellenar esa frase con mi nombre.
-Ravenore.- enuncié, aunque ese no era mi verdadero nombre si no un sobrenombre que los Forsaken me habían puesto en su idioma.
Aleph asintió con la cabeza e hizo una media reverencia -De acuerdo. Estoy a su entera disposición, noble Ravenore.
-Uhm… Ahórrate los manerismos humanos, ¿quieres?- le increpé.
-Lo siento, señor… Es que mi abuelo me inculcó mucho el ser educado con los mayores.
Muy comedido por su parte. Este humano podría servirme de utilidad en estos días venideros, sobretodo porque parece ser de los que anteponen el honor antes que la deshonra, así que puede merecerse mi confianza. Espero no llegar a tener que arrepentirme de esta decisión…
Urgué en mi zurrón y le di un par de monedas de oro que él recogió con ambas manos. -Toma. Vete a la herrería de aquella esquina y cómprate un buen equipo de soldado. Esa armadura de cuero no te favorece y no quiero cargar con un escudero que pueda derrumbarse con el primer golpe de espada…
Aleph asintió complacido con un sonido gutural y presto cruzó la calzada en dirección a la herrería. Yo le seguí con la mirada y suspiré resignadamente. Tener a un humano no-muerto como esclavo no era una de las ideas que hubiese tenido en mente. No me gustaba esclavizar a nadie, pero por alguna extraña razón sentía que tenía que tener a aquél “polluelo” cerca. Era como si de alguna parte me estuviesen pidiendo que cuidara de él, tal vez algún fantasma familiar suyo o algo similar que no lograba discernir con exactitud… Quizás era la misma razón por la que seguí desde un principio a aquellos bandidos que le acechaban. Sea lo que sea, esto será todo temporal, hasta que logre avanzar en mi misión real. Entonces, me desharé de él y podré ser libre de seguir adelante sin tener que cargar con él hasta el final.

Sentado en un banco mientras meditaba sobre mis poderes y el loa de mi báculo, esperé a que mi escudero volviese de equiparse con mejores atuendos. No tardó mucho, y al cabo de un buen rato volvió con el cambio en monedas de cobre y plata. Se había comprado una cota de malla acorde a su nivel, resistente, ligera y nada aparatosa para que no le impidiese los movimientos. Como aditivo, se compró una espada de una mano nueva y una rodela de acero como escudo, en sustitución de aquella especie de tapa de tonel que tenía antes como defensa. Me mostró el filo de su espada y la blandió lo más diestramente que le permitían sus habilidades, pero aún estaba demasiado verde como para que supusiera un gran peligro para los enemigos. Cuando terminó de mostrarme lo comprado, y después de agradecerme las molestias por haberle dado el dinero, me incorporé y asentí con la cabeza.
-Ahora sí estás en condiciones de ser mi escudero, Aleph.
Él me miró con ojos ilusionados. Creo que podía oler la admiración que sentía por serle al fin útil a alguien, así que no iba a desilusionarle… Me quité los zurrones más pesados y se los coloqué encima. Luego estiré la espalda con el puño apoyado sobre mis chirriantes lumbares. Sin los zurrones, ahora tenía más libertad de movimientos, libertad que en ocasiones necesitaría para mi propia autodefensa…
-¿Quiere que le lleve todo esto?- preguntó mientras se ajustaba los zurrones a su altura.
-Como escudero que eres, es tu deber.- me rasqué la barbilla complacido.
-De acuerdo.- se colocó los zurrones e intentó andar unos pasos para colocárselos de tal manera que no le molestasen al caminar. Los zurrones eran bastante grandes, unos buenos zurrones de cuero hechos por mi tribu, y verle a él con ellos encima, parecían como si le empequeñeciesen. Obviamente, mi saco de oro y mi fiel cartera de hierbas mágicas que llevaba al cinturón era lo único que no le iba a confiar. El oro ni pensarlo, y mis hierbas las necesito para realizar según qué conjuros.
-Ten cuidado con los zurrones. Como rompas el contenido, te romperé un hueso por cada cosa que hayas destrozado o perdido. ¿Entendido?
-Sí señor.- respondió intimidado, aunque en realidad no quería intimidarle de esa forma.

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Episodio 1-F

Una fina bruma se levanta en esta fria noche… Parece ser que el banquero Mortimer tenía razón a cerca del tiempo despejado, pero no creo que sea obra de una divinación con cucarachas… Los que íbamos por el mismo camino procuraban mantenerse juntos los unos con los otros para evitar más escaramuzas inesperadas. No es que le tuviésemos miedo a las jaurías de sabuesos infernales, esos animales del averno invocados por el Scourge para maldecir nuestras tierras, si no que el asalto anterior de la Cruzada Escarlata nos había puesto a todos en guardia de modo instintivo. Entre nosotros habían mercenarios expertos, la élite de la élite, y unos pocos novatos, con sus uniformes de recluta y que hacían preguntas estúpidas sobre estratagemas de batalla, o rogaban a alguno de los “mayores” para que le escoltara a realizar una misión peligrosa al Monasterio Escarlata, uno de los últimos bastiones de la resistencia de aquellos fanáticos cruzados.
Otra de las acciones maleducadas de los novatos era su constante petición de bendiciones. Un soldado curtido en la batalla sólo pediría bendiciones cuando fuese estrictamente necesario, pero aquellos cobardes primerizos se las apañaban para sonsacar conjuros gratuítos a los magos y sacerdotes más veteranos. Por mi parte, me bastaba con lanzar una mirada asesina para evitar que ni tan siquiera pensasen en pedirme bendiciones gratuítas. Cuando no estamos en combate, suelo bendecir a quien se lo merece, ya que en ocasiones las bendiciones de los espíritus suelen ser tan poderosos que malgastarlos en novatos inexpertos y maleducados es una gran pérdida de tiempo y esfuerzo. Habían otros que caían tan bajo que hasta te pedían oro directamente para poder reparar armaduras y esas cosas… y luego al cabo de un rato podrías encontrártelos emborrachándose en alguna taberna… Es un alivio saber que con varias batallas en el frente al final estos novatos remilgados acaban sentando la cabeza… porque los que no lo hacen, acaban con el cráneo aplastado bajo la pezuña de alguna bestia poseída.
Nos despedimos con la mano de algunos mercenarios de la élite que se dirigen hacia la torre del zeppelin de los goblins, esos artefactos voladores llenos de aire caliente que desafían a las aves en los cielos. Aquella torre unía las estaciones de los Claros de Tirisfal con otras estaciones que la Horda tenía por todo el mundo, un medio rápido de viaje que no exigía ni una moneda a cambio gracias a las comisiones que los goblins recibían de otros pactos comerciales que tenían con la Horda. En mi vida he viajado en uno de esos inestables aparatos… sobretodo desde que vi con mis ojos cómo se estrellaba uno sin razón aparente o cómo una simple catapulta capturada por soldados de la Alianza derribó a uno con un simple y somero disparo… Siempre he viajado a pie o en barco. Precisamente nuestra tribu es famosa por construir los navíos más estables y resistentes del mundo, rivalizando incluso con los rápidos barcos de los elfos. Desgraciadamente, sólo unos pocos barcos de guerra troll siguen disponibles en todo el territorio de la Horda, y la tecnología fue asimilada por los goblins que empezaron a popularizar sus propios barcos de vapor y aceite. Hablando de barcos… Hace muchos años que no veo el mar…

Estirando su huesuda mano enguantada, el bandido cierra los dedos en torno a la empuñadura de su machete.
-¿Qué me dices ahora? ¿Aprecias más tu oro o tu equelética vida?- espetó el bandido con aire feroz.
Los tres pícaros Forsaken habían acorralado a un infeliz en uno de los oscuros callejones de lo que quedaba del antiguo poblado de Brill. El infeliz en cuestión era un recluta Forsaken que llevaba una ligera armadura de cuero con remaches metálicos, una espada que aún no había desenfundado y un amplio escudo de madera circular, que usaba para proteger la cabeza y el cuerpo de los golpes intimidatorios que le daban aquellos bandidos. No hacía amago de querer huir o contraatacar, sólo se ocultaba tras su escudo mientras aquel trio le presionaba constantemente.
-Estoy empezando a impacentarme.- dijo uno de los bandidos enmascarados al resto -¿Le hacemos picadillo y le robamos todo lo que tenga de valor?
-No, tranquilo. Vamos a ver de lo que es capaz este “novatillo”.- contestó el supuesto cabecilla. Luego dio otro puñetazo a la cabeza del recluta, pero éste lo bloqueó con su escudo.
-Paciencia y disciplina…- musitó el recluta.
-¿Qué? ¿Qué has dicho?- replicó el cabecilla mientras se acercaba la mano a la oreja -No te hemos oído bien, ¿que te rindes a nosotros?
El recluta no dijo nada pero hizo un amago de empujar con el escudo para apartar a los bandidos de su proximidad.
-Uuuuuh… ¿Te vas a poner violento, novato?- el otro bandido del trio sacó una larga daga y la blandió diestramente en su mano. -Vamos… ¡Ataca!- hincó violentamente la daga en el escudo, astillando y separando dos de las planchas de madera que estaban sujetas al marco metálico del mismo.
-Mira, se le ha roto el escudito al novatito.- parafraseó el cabecilla en tono teatral -Ya está bien de juegos…
Los otros dos asintieron y empuñaros sus dagas a dos manos en respuesta -Machaquemos sus huesos y luego llevémosnos todo lo que pueda ser regateado en el mercado.
-¡Dejadme en paz! ¡No tengo nada que daros!- espetó el recluta en una mezcla de rabia y desesperación.
-Eso lo decidiremos nosotros cuando saqueemos tu esqueleto por las muelas de oro…- respondió burlón el cabecilla.
-¡No tengo ninguna muela de oro!
-Es un modo de hablar, gusano.- le reprendió el otro bandido.
Con la velocidad del rayo, el cabecilla asestó un golpe seco con su machete sobre el escudo, partiéndolo en dos como una burda tapa de tonel. Los otros dos se pusieron en los flancos, dispuestos a acribillar a pinchazos con sus dagas al pobre recluta, que miraba con ojos como faros cómo su leal escudo había sido troceado con un sólo misérrimo golpe.
Viendo que los dos bandidos parecían regodearse en la inofensiva efigie del recluta, me apresuré a entrar en la escena de ese callejón oscuro. Había estado observando a estos tres bandidos siguiendo al recluta desde mi entrada a Brill, y mi sexto sentido me indicaba que ninguno de ellos estaba tramando algo “bueno”. Por mi odio acérrimo a los bandidos, sobretodo a aquellos que se aprovechan de los más débiles, sentí la necesidad de acechar entre las sombras gracias a mi conjuro de Visión Mental, que me permite ver por los ojos de mis enemigos por un tiempo limitado.
Con mis sospechas confirmadas, rompí el canal de Visión Mental y aparecí por la esquina de daba inmediatamente a ese callejón. Carraspeé simuladamente para llamarles la atención mientras avanzaba lentamente hacia ellos.
-Perdonen, caballeros… ¿Alguno podría decirme por dónde se va a la taberna El Final de la Horca? Creo que me he perdido…
Los bandidos dieron un respingo y miraron hacia mi con ojos recelosos pero sin perder de vista a su víctima.
-¿Quién es ese?- preguntó uno de ellos enojado por la interrupción.
-Pensé que era un guardia.- agregó el segundo -Habla de manera demasiado cortés para un… ¿Troll?
Aunque el callejón estaba a las sombras que volcaba la noche, mi forma de caminar, y probablemente el fuego de mis ojos iluminando algunas de mis facciones podrían haberle dado alguna pista sobre mi origen racial. Por mi parte, veía las tres siluetas fantasmales de los espíritus de aquellos bandidos renegados, y la forma encogida del recluta como si viese a cualquier mortal en pleno día.
Me detuve a dos metros de ellos y me concentré para mis adentros. -¿Es posible que me haya equivocado de calle?
-Sujetad a ese.- ordenó el cabecilla a uno de los suyos, que rápidamente se apresuró a inmovilizar al recluta contra la pared y con la daga al cuello.
-Soltad al recluta.- ordené de modo educado mientras entornaba mis ojos para distinguir las dos formas superpuestas del bandido y la víctima.
El cabecilla se pasó el machete a la otra mano y dio un paso amenazante en mi dirección -Oh, no, claro que no, troll. Este chaval es nuestro juguete de esta noche. ¿Quieres unirte al juego? Podemos dejarte un hueso para que puedas roerlo o pasarlo de un lado a otro de tu nariz.
Miserables… Otra de las cosas que más odiaba de las otras razas era cuando insultaban la cultura de mi pueblo con mofas tan viejas como esas… Pero, no debo perder la calma, o perderé por completo la concentración.
-¿A cuántas ratas tuviste que matar para poder pagarte esos trapos con los que vistes?- increpé de modo calmado.
El cabecilla gruñó ante la ofensa. -¿Cuántos trolls hacen falta para hacer pasar a un dragón por el ojo de una aguja?
-¿Cuántos pícaros son necesarios para hacer encender una farola?- respondí.
El cabecilla se puso en jarras de manera cómica -¿Cuántos cortes crees que harán falta para que un troll no pueda regenerar ninguno de sus brazos?
Sentí como mi conjuro se preparaba en la palma de mi mano, como un gato dispuesto a saltar sobre su presa -¿Cuántos pícaros harán falta para poder derrotar a un sacerdote troll de alto nivel?
-Ninguno…- respondió con voz feroz y chasqueó los dedos. Los otros dos bandidos que le acompañaban más el mismo cabecilla, desaparecieron físicamente en la nada a base de romper entre los dedos algo similar a una cápsula conteniendo algún tipo de polvo desconocido. El recluta se sentó en el suelo sin comprender lo que sucedía, pero le hice una señal con el báculo para que no se moviese del lugar.
Los pícaros estaban usando una técnica de su profesión llamada apropiadamente como Desaparición. Combinando Desaparición con Sigilo, cualquier bandido podría pasar por tu lado sin llamar tu atención y luego clavarte un largo puñal por la espalda con la velocidad de una víbora. Sin embargo, lo que ellos no parecían haberme entendido cuando dije “sacerdote de alto nivel”. En pocas palabras, podía ver sus formas espirituales desplazandose de modo sigiloso hacia mi, armas en mano, como si sintiesen que me iban a tomar por sorpresa de modo sencillo… Ilusos.
Dejé que me rodeasen y yo simulé que los estaba buscando con la vista de modo despistado. Una vez los tuve a mi alrededor, apreté mi puño en torno al fuste de mi báculo y justo en el momento en el que salieron de su Sigilo para atacarme, mi conjuro de Anclar No-Muertos se activó por sí solo ante la amenaza.
-Q… Qué sucede…- intentó articular el cabecilla de los bandidos mientras yo observaba complacido su faz paralizada en mitad de su ataque con el machete.
Los otros dos también habían quedado paralizados en mitad de su acción de ataque, sendas estupendas estátuas que mostraban el Apuñalar Espaldas congelado en toda su gloria. Aunque di un paso hacia adelante y me di la vuelta para contemplarlos, me rasqué la barbilla y me concentré en mi próximo hechizo, puesto que el Anclar No-Muertos no era permanente, y en cuanto se desvaneciese, aquellos tres seguramente tratarían de vengarse de la humillación. Concentrando las energías de las sombras, las fuerzas del plano del nether invadieron mi brazo y lanzó a cada uno de ellos una maldición. La Palabra de Sombras: Dolor, era un conjuro eficaz que envolvía a los enemigos en una nube de energía oscura del nether, causándoles un intenso sufrimiento que podría causarles la muerte. En este caso, sólo usé la energía necesaria para que sufriesen lo suficiente sin necesidad de perecer. Aunque para un no-muerto, eso de perecer puede sonar relativo… al menos los dejará inutilizados en el suelo mientras el dolor les consume las fuerzas. Juzgando las muecas de dolor que estaban empezando a poner, el conjuro estaba siendo un éxito.

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Episodio 1-E

Me despido de Mortimer y empiezo a subir las escaleras que separan estas catacumbas con la superficie en ruinas del castillo. El Cuarto de Comercio es una de las zonas más concurridas por viajeros y mercenarios de todos los rincones de los dominios de la Horda, al menos, en comparación con las zonas más profundas de la ciudad. Es la zona que está inmediatamente después de entrar a Undercity, y a duras penas ninguno de los orcos, trolls o goblins que bajan a la ciudad se atreven a adentrarse más allá de este tradicional centro de comercio. Y no es para menos, pues el hedor a muerte y ponzoña que emana del resto de Undercity es capaz de hacer retroceder a cualquiera que no esté acostumbrado. Incluso a mi me costó hacerme a la idea de estar visitando los Cuartos colindantes de la ciudad para recibir y hacer recados en mi interés por subir mi reputación con los Forsaken. Imagínense enfrentarse o llegar a dormir rodeado de la misma antítesis de sus propias creencias e ideales, ¡durante meses! Confieso que incluso antes de “morir” en aquella mesa de operaciones, aún no había logrado acostumbrarme del todo a tener que dormir en criptas y catacumbas, sobretodo cuando no había más remedio debido a los peligros de descansar en campos abiertos. Ahora sin embargo, todo lo que antes me intimidada los sentidos ahora me era indiferente, no por haber perdido mi sentido del olfato si no porque ahora sentía como si todo eso formara parte de mi, como si hubiese nacido y crecido entre sepulturas toda mi vida.
Qué ironía… Si los hermanos de mi tribu me viesen ahora, serían capaces de despedazarme. Para nosotros, esta terrible decisión que decidí tomar, hacer de la muerte mi eterna consorte, era uno de los actos más despreciables y decadentes en los que podía caer un troll, y mi única sentencia posible sería la muerte… o en mi caso, el completo desmembramiento y destrucción de mi cuerpo, exorcisación de mi cráneo y una semana de purificación de mis huesos en un círculo vudú, antes de embalsamar mis restos y enterrarlos lejos del santuario de la tribu, lo cual era considerado uno de los mayores castigos pues impedían que tu espíritu se uniese al de tus antepasados, y daban oportunidad a que otros brujos consiguiesen robar tu espíritu para esclavizarlo con su poder vudú…
Como era evidente, ya no podría volver a mirar de nuevo a la cara a mis hermanos. Para ellos es mejor que crean que estoy muerto, o perdido en algún peregrinaje asceta típico de nuestra profesión, pero, lo peor sería que entre todos estos trolls que circulaban por el Cuarto de Comercio, se encontrase alguna cara conocida… Intento evitar por todos los medios de cruzar miradas con cualquier troll que me sea medianamente conocido, pero la mayor parte de orcos y trolls que me veían, se paraban para cuchichear y mascullar alguna maldición en sus toscos dialectos.

En estos momentos en los que creo que será la última vez que esté en contacto con la “civilización”, me encamino a uno de los numerosos elevadores ingeniosamente diseñados que conducían a la superficie de las ruinas del castillo. Soldados, mercenarios y aventureros aguardan pacientes a que el elevador llegue hasta el piso de abajo. Para distraerme, me apoyo en el lugar más discreto del pasillo y me pongo a escuchar la conversación de dos emisarios orcos del frente del Barranco de Warsong, una zona en disputa activa con la Alianza, batalla por los recursos… Una guerra de desgaste a juzgar por lo que ellos decían.
En cuanto el elevador descendió, dejamos que los que estaban dentro saliesen y luego entramos nosotros. El elevador no era muy pequeño, y en realidad era tan amplio como para permitir que un carro con sus animales de tiro entrase sin mayores problemas. Curiosamente, cuando todos entramos en el ascensor, todos estaban callados. Quizás estaban tensos por la proximidad los unos con los otros, pero este silencio se repetía cada vez que la gente subía y bajaba de los elevadores. No encuentro explicación lógica a este fenómeno…
Al salir afuera del elevador, todos volvían a retomar sus conversaciones de antes. Unos pasillos ensanchados se dirigían hacia salidas anexas del castillo, pero yo tomé la salida principal que siempre se cruzaba con la cripta de la tumba del rey Terenas Menethil III. Ese pobre humano, asesinado por su propio hijo, no tuvo peor destino que ver como su reinado caía en manos de las fuerzas oscuras que su primogénito había traído traicioneramente al castillo. Esta tumba, un mero recuerdo de la marchita grandeza del imperio humano, ni siquiera contenía los restos del rey, pero ahí estaba, con su lápida pulida y varios cirios que iluminaban permanentemente la cripta. Nadie se paraba a rendirle homenaje alguno, ni tan siquiera los Forsaken lo hacían, o sólo unos pocos, casi escondidos para evitar que nadie les viera mostrando algún tipo de sentimiento humano bajo sus podridas facciones cadavéricas…

Al salir de las criptas reales, se entra directamente a las ruinas del castillo, invadidas por invisibles almas en pena, sólo visibles para los que somos capaces de ver el Más Allá. Los espíritus y almas en pena de los antiguos moradores de Lordaeron se aferran a este castillo como si temiesen soltarlo. Vagan de un lado a otro, llorando y maldiciendo al Scourge, llorando por los pueblos destruídos, familiares perdidos, por no haber recibido la ayuda de su rey cuando lo necesitaban, llorando la pérdida de su majestad, la traición del príncipe, etcétera… Las ruinas del castillo, que pueden verse desde la lejanía de los Claros de Tirisfal, es como la silueta tétrica de un nido de abejas, con fantasmas zumbando sus penas. Creo que con eso explico mejor lo que a veces los sacerdotes tenemos que soportar incluso antes de descender a Undercity; si arriba los espíritus te molestan, abajo te aguijonea el aura demoníaca del Fel. Sólo los sacerdotes Forsaken tienen la suficiente paciencia como para soportar indiferentes las quejas de los fantasmas de sus caídos, y si alguno de esos sacerdotes encuentra a algún familiar entre esos fantasmas, no les verás llorar una lágrima por ninguno de sus muertos. Así de estoicos son los Forsaken, sin respeto por sus fallecidos… ¿o quizás tienen miedo de manifestar algún sentimiento?

Avanzo lentamente por el patio de las ruinas del castillo y me alarma un jaleo que hay justo delante del portón de salida. Algunos aventureros que iban en dirección a Undercity o que estaban saliendo a la vez que yo, se dieron inesperadamente la vuelta para averiguar qué era lo que armaba tanto escándalo en la entrada. Yo no me inmuté. Ya habían demasiados miembros de la Horda agolpándose en la entrada con la espada en ristre como para que me preocupase innecesariamente. Se oyeron varios gritos de guerra procedentes de las gargantas de los orcos y el sonido del metal chocando contra metal se incrementó. Algunos ya daban la señal de alarma en vano pues los soldados y guardias que patrullaban la zona ya se habían movilizado sin necesidad de que nadie se lo dijera.
-¡La Cruzada Escarlata! ¡Todos al portón principal!- gritaban los avispados.
Se ve que una incursión de cruzados novatos cometió el error de intentar atacar Undercity sin mucha estratagema respaldándoles el asalto… Pero eso era algo típico de ellos… Los miembros de la Cruzada Escarlata son una secta de fanáticos que buscan destruir al Scourge a toda cosa. Como entre sus objetivos está destruir a todos los no-muertos, atacar a los Forsaken forma parte de sus planes diarios. Son tan fanáticos que si ven que un humano está infectado por la Plaga del Scourge y vive en mitad de un pueblo de humanos completamente sanos, irán a destruír el pueblo entero para que no quepa duda de que la Plaga quede erradicada… el problema es que lo harían con todos los humanos sanos dentro del poblado…

Me detengo al lado de la plazoleta central del patio del castillo, y me siento sobre el borde de una fuente derruída que tiene agua de lluvia estancada mezclada con hilos de Fel. Desde mi posición veo cómo una columna de fuego se alza por detrás de los muros del castillo. Parece como si los cruzados hubiesen reclutado a magos o escuadrones de demolición cargados con pólvora para intentar derribar los muros del castillo. Como era habitual, mucho ruido y pocas nueces…
En mi espera para que se despeje la entrada, el hastío me embarga y acabo bostezando. Otros miembros de la Horda que también habían decidido sentarse en la fuente a esperar, me hicieron compañía en esta tediosa y larga espera… Me pongo a jugar con mi fiel báculo de sacerdote, pasándomelo de una mano a otra con destreza. Creo que hasta el espíritu que habita mi báculo está empezando a aburrirse…

Tras largos y tediosos minutos, y tras haber intercambiado impresiones negativas sobre la Cruzada Escarlata con un sacerdote negro Forsaken, los que estábamos sentados en la fuente y alrededores nos incorporamos para disponernos a salir tranquilamente. Como no, la eficaz guarda de defensa del castillo había expulsado el asalto de los cruzados con suma efectividad, sobretodo porque recibieron el apoyo de numerosos voluntarios con ganas de ver correr la sangre. Apresuradamente, los sepultureros recogen los cadáveres de los caídos en el combate y se los llevan en carretillas a sus cementerios. Parece que ninguno de los cuerpos pertenece a nuestro bando, así que el encuentro se saldó con cero bajas en nuestra contra, buenos números si contamos que en mitad de una guerra lo más importante es sobrevivir para ver el día de mañana y luchar al día siguiente. Con la luna en su zenit, desciendo por la empinada colina en dirección noreste, hacia el pueblo colindante de Brill. Algunos indivíduos me siguen pues seguimos el mismo camino… Los horribles sabuesos infernales auyan entre los árboles de los bosques adyacentes al camino adoquinado, y algunas manadas de pocos indivíduos nos asaltan en mitad del camino, ansiosos por roer nuestros huesos… Aunque todos nos ayudamos a protegernos de las bestias y los enemigos, ninguno te dirige la palabra salvo para pronunciar las hipócritas frases de “¿te encuentras bien?” o “¿tienes algún rasguño?”. En mi caso, nunca pregunto innecesariamente y lanzo mis hechizos curativos sin esperar a que el otro agonice para recibir alguna cura. Sé dosificar mi poder de curación para cada necesidad, aunque nada de esto lo haría sin mi fiel báculo de sacerdote, que me otorga la estabilidad y la concentración necesaria para cada ocasión. Sin mi báculo no sería nadie… Cada sacerdote de mi pueblo recibe uno cuando se inicia como acólito, y es consagrado a nuestro espíritu desde ese momento hasta nuestra muerte… aunque ahora me pregunto qué estará pensando mi báculo ahora que yo era un no-muerto. Curiosamente, cuando lo recogí del banco de Undercity, no sentí ninguna disrupción energética, como suele hacer cuando entra en contacto con objetos o indivíduos corruptos que pueden ser potencialmente peligrosos. En lugar de atacarme, parecía como si se hubiese alegrado de verme de nuevo, y ahora con esta pequeña escaramuza de los sabuesos infernales, siento que funciona de modo normal, como si no encontrase ningún cambio en mi. Quizás eso significaba que Loa Lukou, el espíritu al que estaba consagrado mi báculo, había aceptado mi nueva condición de no-muerto. Para mi, una situación fenomenal, porque sin mi báculo, mis intentos de equilibrar la luz y la oscuridad en mi interior se vendrían abajo, y no me quedaría más remedio que suicidarme para evitar males mayores.

Publicado en on Febrero 7, 2008 at 4:53 am Deja un comentario

Episodio 1-D

-Esto ya está.- Franklin dio unos repasos a los remaches con un destornillador y dio unos golpecitos suaves contra la nueva estructura metálica –A quedado muy parecido a un costillar de verdad, ¿no?
Asentí complacido y pasé la mano por delante de la pulida superficie de mi nueva y solida caja torácica –Un buen trabajo de ingeniería maestro Franklin.
-Yo creo que hubiese sido mejor haberle agregado unos pernos grandes en lugar de unos tan pequeños…- musitó Graham, su compañero en prácticas.
-¿Más grandes?- Franklin miró de reojo a su compañero –Si los pusieras más grandes perderías maniobrabilidad y estética.
Como ya estaba complacido con el trabajo del ingeniero, y después de pasar horas muertas esperando por mi prótesis, me alejé de allí rápida y discretamente. Esos dos eran muy dados a discutir entre sí, fuese por celos, envidia o por recíproca admiración oculta. Así eran esos ingenieros Forsaken y no deseaba tener que volverlos a oír de nuevo a menos que fuese estrictamente necesario. Hicieron un buen trabajo, debido a que ya estaban acostumbrados a crear prótesis a los soldados que perdían brazos, piernas y demás trozos del cuerpo durante las batallas. El metal que usaron era ligero y resistente, perfecto para mi pues el sobrepeso muchas veces no me permite concentrarme en los hechizos de modo efectivo, aunque siendo no-muerto, todo me parecía más ligero. Hasta yo mismo me sentía más ligero, cosa que me sigue confundiendo y no sé si es porque he perdido peso, fluidos o porque ahora soy más fuerte que antes.
Cuando avancé por el anillo exterior para poder cruzar el canal por el puente más cercano, un Forsaken que andaba como encogido y cubriendo su cara con una pesada capucha, pasó por mi lado y se tropezó contra mi… aunque eso de “tropezar” no era lo que aparentaba. Antes de que pasase de largo, roté mi brazo y agarré con fuerza la tapa de los sesos de aquel pícaro tan poco discreto. El pícaro fue golpeado con tanta fuerza que casi lo hundí sobre sus rodillas. Lo levanté del suelo sin soltarle la cabeza, que cabía perfectamente en mi mano, y lo giré para verle el rostro. Aquél trató de darme una patada pero le agarré los tobillos con la otra mano y con un movimiento rápido de la otra, pasé de agarrarle la cabeza a agarrarle el cuello.
-Vaya, ¿los pícaros no deberían aprender que antes de robar a nadie deben mirar si poseen algo de valor en los bolsillos?
El pícaro balbució de manera enojada -¡Sólo estoy practicando! ¡Acaso no puedo practicar el arte del hurto en paz!- se zarandeó pero no pudo soltarse de mis fuertes manos tridáctilas.
-Claro que puedes practicar… Pero aprende primero a medir contra quién te la juegas, porque un error así, y en estos momentos estarías corriendo detrás de tu cabeza rodando por los suelos…
-¡Entendido!- resopló enojado -¡Suéltame troll!
-Y otra cosa más. No robes nunca a un troll que esté a cuarenta niveles por encima de ti. Es un consejo de amigo a amigo…
-Lo que tú digas, “amigo”.- respondió sarcásticamente.
Para escarmentarlo más, me acerqué al canal del rio del Fel, y mientras él se debatía e imploraba que no lo hiciese, le lancé directamente al maldito líquido. Para los no-muertos, el contacto con el Fel no nos afecta de modo tan peligroso como lo haría en un ser vivo, así que lo único que le pasaría a aquel pícaro novato sería tomar un mal trago…

Cansado de esas nefastas catacumbas y completo tras haber recibido mi costillar nuevo, me dirijo ahora hacia el banco de la ciudad para recoger las pertenencias que dejé allí a buen seguro. Tenía planes para ir a ver a la Señora Sylvanas después del ritual, pero sería mejor no molestarla a menos que me llamasen. Tiene por costumbre el de no recibir visitas inesperadas que le interrumpan sus meditaciones, y después de todo, no habría nada que contarle que no supiera ya de boca de los apotecarios, así que creo más conveniente salir y pasear de nuevo por mis tierras que estaban a un paso del castillo de Lordaeron, y pensar en mi futuro entrenamiento.

Saludo a Mortimer Montague, uno de los cuatro banqueros de la familia Montague disponibles en Undercity, y a mi juicio el que menos escaquea dinero de mis bolsas…
-Buena noche para salir, Ravenore.- me comenta.
-¿Cómo puedes saberlo si estás todo el día encerrado bajo este castillo?
Él se rie –Tengo, “contactos”.- recalca con aire misterioso mientras me entrega mi fiel equipo de sacerdote.
-¿Quiénes? ¿Las cucarachas?
Mortimer me mira con cara de sorpresa simulada -¿Cómo lo has averiguado? ¿Tienes un poder para leer la mente?
Parpadeo perplejo. Lo que dije como sarcasmo cayó por casualidad en la verdad.
-¿Cómo puedes saber la noche que hace con sólo mirar las cucarachas?- pregunté curioso mientras me abrochaba los cintos y los zurrones.
Mortimer sacó la cabeza por fuera de la ventanilla como si se cerciorase de que no hubiese nadie en la cola. –Esto es un truco que nunca falla.- me susurra –Cuando las cucarachas vienen de la superficie con la espalda llena de humedad, es porque hay rocio nocturno, lo que significa que el cielo está despejado.
-¿Y cuando llueve, qué sucede?- pregunté desinteresadamente por seguirle la corriente.
-Cuando llueve están escondidas y no se mojan. ¡Odian el agua!
-Oh…- simulé credulidad -¿Y todo eso cómo lo has averiguado sin moverte de aquí?
-Ah, Jeremiah, que está allá sentado, bajo esas escaleras.- sacó el huesudo brazo por la ventanilla para señalarme el lugar –Él es una prominente eminencia sobre la investigación de la vida de las cucarachas, incluso vende algunas como mascotas. A mi me vendió una albina hace un tiempo, pero fue sólo para darle unas monedas y que me dejara en paz. No sé dónde estará “Lily” en estos momentos…- da un paso atrás para mirar por el suelo del banco.
Ya empecé a recordar, el loco que se pasaba todo el día dando de comer a las cucarachas que paseaban por los recovecos de las escaleras y los canales, Jeremiah Payson… ¿De quién si no vendría tal idea de usar las cucarachas como indicadores del tiempo? Bueno, los humanos, estos seres a los que no les tengo demasiado aprecio por varias razones, también son famosos por leer el futuro en el vuelo de los pájaros y esas cosas. Y luego nos llaman a nosotros los supersticiosos…
Mortimer golpeó su palma con el puño –Ah, espera Ravenore. Recibí una carta hace unas horas por correo especial. Creo que es algo bastante importante.- buscó en unas cajas y me pasó un sobre bastante arrugado con un sello lacado bastante peculiar pues me recordaba bastante al símbolo del Ojo Violeta de los magos de Dalaran. No había más remitentes. ¿Quién podría ser?
Rompo el sello con la uña y despliego el sobre. Una caligrafía bastante impoluta me da unos pocos indicios de la procedencia de la misma. Dice así:

“Nos han llegado mensajes positivos de sus triunfantes misiones en el frente de Silverpine, Ravenore. Nos gustaría poder recibir sus servicios en Tarren Mill, para unos “encargos” poco convencionales. Esperamos su presencia. Adjunto un vale para que pueda comprarse una montura en Brill en nuestro nombre si así lo creyese necesario. Acuda cuanto antes.
–Wordeen Voidglare”

Tarren Mill está muy lejos, en las ancestrales tierras troll invadidas por los humanos y los elfos, más allá de las montañas de Alterac. Es interesante… Después de tanto tiempo trabajando para los Forsaken, aún me siguen lloviendo encargos, pero este encargo tiene como un aura “especial”, y ha llegado en un momento demasiado “oportuno”. Sea como sea, un encargo es un encargo, y, aunque a estas alturas ya he conseguido la recompensa que buscaba, aceptaré éste sólo por el placer de viajar e iniciar mi entrenamiento con este “nuevo” cuerpo…

Publicado en on at 4:51 am Deja un comentario

Episodio 1-C

Una vez que me puse mis hábitos de sacerdote de mi pueblo de nuevo, Faranell y compañía se retiraron a escribir informes sobre sus impresiones a cerca de la operación. Eso me aliviaba porque ya no tendría que aguantar su cháchara infernal hasta que no precisase de sus servicios de nuevo. En realidad, la Sociedad Real de Apotecarios no me atraía por simpatía. En ocasiones me hubiese gustado no haber tenido nunca nada que ver con ellos, porque, a pesar de que serví lealmente a los Forsaken en numerosas misiones, los apotecarios me habían tratado más como un recadero y proveedor de materiales que como un aliado, y cuando digo recadero, hablo del tipo de los que se tacharía de “sobreexplotación” laboral… Si bien, aunque los experimentos de los apotecarios son necesarios y siempre precisan de ingredientes rarísimos que no pueden ir a buscar por sí mismos, si un día te mandan a buscar una sustancia extraña que procede de las deposiciones de los gigantes de roca que habitan en la región de Azshara, empezarás a odiar a los apotecarios tanto como yo y otros… Y lo peor, cuando guardan la sustancia en un frasco que empieza a acumular polvo y telerañas por falta de uso, comprenderán mi sentimiento sobre ellos.

Salí del laboratorio por mi propio pie y sin mirar atrás. Debido a que quería acortar distancia entre el Cuarto de Guerra y el Apotecarium, subí por las escaleras que llevaban hasta una de las grandes aberraciones creadas por los apotecarios. Un enorme gusano de carne cosida sujetada por arneses y cadenas, y que vivía y exudaba malicia, procesaba Fel puro en sus intestinos y lo vomitaba de nuevo en una especie de embudo que daba a una cámara donde los apotecarios se servían para hacer sus experimentos. Cada vez que pienso que el Fel de mis venas podría haber procedido de aquella horrorosa monstruosidad, me entran ganas de arrancar cabezas…
Un rio circular de Fel puro rodeaba las catacumbas del Castillo de Lordaeron, ahora rebautizado como Undercity por sus nuevos habitantes, los Forsaken. El rio invadía las cloacas con su tinte verde fluorescente, sustituyendo al agua común que anteriormente empapaba las catacumbas. ¿De dónde procedía tanto Fel? Eso me preguntaba yo muchas veces, pero tras haberme recorrido toda Undercity, comprendí que el Fel sólo tenía un origen, el mismo origen de siempre. Los Templos de los Malditos, enormes zigurats de hueso y piedra, condensaban el Fel demoníaco del nether y lo convertía en un líquido consistente que fluía perpetuamente de sus gárgolas con forma de calavera. Como sangre por unas venas, el Fel fluía por todo Undercity a través de las cañerías y demás conductos naturales, incluso manando por las fuentes de agua de la superficie. Toda la colina donde se asentaba el Castillo de Lordaeron parecía estar sumida en un poderoso encantamiento, y los espíritus más retorcidos parecían buscar alojamiento entre sus torreones y almenas. Debajo del castillo en ruinas, Undercity era como una ciudad refugio en miniatura para todos los miembros de los Forsaken, un foso de corrupción y ponzoña que aún seguía albergando la esperanza de poder algún día liberarse de la maldición del Rey Liche. ¿Pero cómo iban a hacerlo si permitían que los Templos de los Malditos siguiesen vomitando litros y litros de Fel que intoxicaba los terrenos circundantes? ¿No podían haberlos derribado tras haber invadido la ciudad dominada por los Dreadlords? Eso era algo que escapaba a mi comprensión… por no decir que también a mi atención.

Mientras caminaba por el anillo exterior, observando cómo el Fel fluía por la canalización principal, pensé para mis adentros en varias soluciones contra aquella monstruosidad tóxica. Es irónico que parte de mi plan para descontaminar mis tierras involucrase intoxicarme con el Fel para lograr dar con una solución contra él. Conocer al enemigo siempre es importante. En este mundo no hay extremos ni límites a la hora de conseguir lo que uno desea, aunque tuve que desoír las palabras de mis mayores para poder conseguirlo… Todos estos Forsaken que me rodean, que pasan por mi lado indiferentes, sumidos en sus propias batallas y problemas mentales o físicos, todos están cegados por la esperanza de que algún día serán liberados de su maldición, pero pocos actúan para hacer que eso se vuelva una realidad. Muy pocos… Quizás por eso me sentí atraído por ellos la primera vez, a pesar de los prejuicios de troll a cerca de las cosas malditas y exhumadas. Mientras que unos se quedaban en Undercity, prácticamente sin hacer nada o esperando órdenes de sus superiores para hacer algo, habían otros Forsaken que habían salido por todo el mundo en busca de una cura y luchando contra el Scourge. La mayor parte de estos Forsaken aventureros nunca volvían a Undercity o lo hacían en raras ocasiones si algún superior los había llamado… Eso divide perfectamente a los Forsaken en dos partes, los que buscan activamente una manera de levantar la maldición y los que esperan a que otros lo hagan mientras ellos se sumen en una patética apatía, dejándose consumir por las vilezas del Fel del que tanto se jactan que controlan a la perfección. Ilusos…

Por un lado, saber que hay Forsaken que se molestan por buscar una cura a su maldición anima la creencia de que los Forsaken no son iguales al Scourge, pero por el otro lado, que proliferen los Forsaken apáticos en detrimento de los que luchan por la libertad, está fortaleciendo parte de los prejuicios de la Horda a cerca de sus aliados no-muertos… Por ejemplo, entre los Forsaken, practicar las artes oscuras y la magia negra es algo normal cuando dentro de la misma Horda está prácticamente penado, sobretodo entre los de mi raza y los nobles tauren. Los brujos y los sacerdotes negros son algo tan común como ver volar moscas sobre la carne putrefacta del laboratorio del Apotecarium. Mientras que unos aprenden a controlar estas fuerzas de modo efectivo, muchos otros sucumben a las tentaciones corruptas de los poderes que buscan controlar, y al final, como es obvio, son ellos los que acaban siendo los controlados… Como sacerdote troll que soy, mi creencia es que hay que buscar un equilibrio entre los poderes oscuros y los poderes de la luz. Usar un solo lado de la balanza me parece algo inconcebible… Sin embargo, ahora que soy un no-muerto y tengo Fel en mis venas, estoy luchando constantemente contra las viles agujas del Fel que me incita a quedarme en el lado oscuro. Supongo que de pasar a ser troll neutral a ser un troll no-muerto neutral-caótico, viene con sus inconvenientes. Por ello, siento la terrible urgencia de ir a hablar con la gran sacerdotisa banshe, la gran Aelthalyste, anteriormente una antigua elfa sacerdotisa, pero que la maldición del Rey Liche la había transformado en un burdo retrato de su espíritu retorcido, condenada a vagar por la tierra sin poder hallar el descanso eterno…

Mientras me acerco al Cuarto de Guerra, veo desde lejos a varios Forsaken cruzando el puente sobre el canal del rio de Fel para unirse a un entrenamiento militar en una de las terrazas plagadas de muñecos de paja y madera. Cabe notar que a pesar de que todos en esta ciudad son no-muertos, en raras ocasiones se pueden ver pasear a orcos por la zona, y también a humanos… solo que estos humanos son los esclavos mentales de algún brujo Forsaken. También podríamos contar a las ratas y cucarachas como los únicos seres vivos de estas catacumbas, pero a veces hasta dudo que en verdad las pobres estén vivas a estas alturas…
Desde lo alto de la pirámide, donde los barracones de los guerreros se hallan, un enorme cráneo vomita Fel en una cascada que acaba uniéndose con la cisterna inferior sobre la que está construida la terraza del Cuarto de Guerra. De nuevo, irónica la razón de por qué no la habían destruido cuando tuvieron la oportunidad…
Esquivando a los impetuosos soldados que corrían para no llegar tarde a su instrucción, subí por la pirámide hasta donde se encontraba la sacerdotisa banshe, quien observaba los alrededores pensativa, como un espíritu descarnado sumido en los flashbacks de su memoria.
Al llegar hasta ella, me recibió con una vacía mirada y una voz melodiosa pero cacofónica, típica de las banshe.
-Ravenore… Veo que el ritual de la muerte no se ha cobrado tu espíritu todavía…- flotó hacia un lado y posó su mano descarnada sobre una barandilla –Eso es mala señal…
Yo asentí –¿Se refiere a que la muerte debe de ser una liberación y no una condena?
Ella ladeó la cabeza con pesar y posó su mirada sobre mi –La muerte se tiene que llevar aquello que le pertenece desde nuestro nacimiento… No debemos luchar contra ese hecho o quedaremos anclados en el mundo para siempre…
Suspiré. Si había algo que las banshes sabían hacer bien era cantar y ponerse melancólicas.
-Podemos lamentarnos toda la eternidad, hablar de la odisea de los elfos por conservar la inmortalidad o rumiar una respuesta a mis dudas existenciales.- agregué, con la esperanza de que entendiese que yo quería ir al grano.
La banshe levitó lentamente hacia un lado y luego hacia el otro, mirándome, como si sopesara alguna cosa. –Dime Ravenore… ¿Cuál es la duda que te aflige esta vez…?

Mi corta charla con Aelthalyste no ha sido muy reveladora. Por lo que ella me dijo, ser un sacerdote vivo o ser un sacerdote no-muerto era prácticamente lo mismo, salvo por el enfoque en el que debía encauzar ahora mis poderes. Al estar vivo, el acceso a diferentes fuentes de poder y energía es más sencillo, en especial aquella que procede de la vida misma, o de los poderes que favorecen la vida, como la luz. En nuestro caso, si deseo conservar mi neutralidad y equilibrio, ahora debía “arrancar” la luz para poderla usar pues, por sí sola, no quería responderme. Era evidente, la luz no quiere tener nada que ver con un ser anti-natural como un no-muerto, y ahora huye de mi como el aceite del agua. Mientras que tengo que hacer tremendos esfuerzos por volver a llamar a la luz, para llamar a los poderes de las sombras y la oscuridad sólo tengo que pestañear… Está ahí siempre, y te invade y te corroe por dentro si te descuidas. Creo que esto es debido a la naturaleza demoníaca del Fel, aunque el Fel de por sí es una energía propia, pero atrae a otras energías como el de las artes negras. Ahora que tengo esto más aclarado, ya se por dónde volcar mi disciplina para poder mantener el equilibrio que antes tenía, pero no sé cuánto tiempo de entrenamiento me llevará conseguirlo… De todos modos, aún tengo “tiempo” para poder aprender a dominar mis antiguos poderes de nuevo y para experimentar los nuevos que se abren ante mi con la dulce amargura de la inmortalidad.

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Episodio 1-B

No sé cuánto tiempo habrá pasado. Desde que aquella cosa anidó en mi mente y mi corazón, sólo he estado observando, impotente y sin nada que hacer. A duras penas… Aquella cosa estuvo analizando mi mente, como un pupilo ávido de conocimiento. Por alguna extraña razón sentí como si le complaciera la historia de mi vida, y la de los míos. Tras eso parecía como si aquello hubiese entrado en un profundo letargo. Adormecido, empezó a “soñar” cosas. Todo lo que soñaba invadía mi mente y mi espíritu de manera feroz. Entonces de pronto la oscuridad de mi ser empezó a llenarse de seres y paisajes oscuros y retorcidos, puntiagudas y negras montañas separadas por profundos fosos sin fin, como si estuviese recreando un infierno particular desde cero, y usando mi espíritu como lienzo. ¿Comprenden mi impotencia? Aquellos seres nuevos me ignoraban pero no eran ajenos a mi existencia, si es que tenía alguna en mitad de ese nuevo “mundo”. Sólo el deseo de seguir con mi misión original evitaba que cayese rendido a la locura de la escena, de aquellos seres mancillando mi mente y mis recuerdos…

Siento un latido en la lejanía y todo a mi alrededor se desvanece como una ilusión, dejando de nuevo una impenetrable y vacía oscuridad en su lugar. Luego de nuevo un eterno silencio se apodera de todo. El latido vuelve, lento y perezoso, pero profundo y fuerte. Empiezo a sentir de nuevo el hielo de mis venas, fluyendo como un ejército de gusanos por todo mi cuerpo. Voraces, se irradian desde mi corazón, que los bombea ahora con un nuevo y enfermizo ritmo. Poco a poco voy recuperando los sentidos. Primero el tacto, por supuesto. El duro lecho de muerte donde estuve desde el principio vuelve a aplastar mi espalda. Los dedos me empiezan a palpitar, pero no consigo moverlos aún. El oído vuelve a mi a medida que el sonido va desahogándose. Oigo los condensadores eléctricos, el borboteo de los alambiques en la lejanía y los murmullos y mascullaciones de las Abominaciones troceadas y los apotecarios atareados en su divagar por el laboratorio. Parece que todo está igual que antes de abandonarme a la inmortalidad. Quizás pasaron horas, o tal vez minutos… Me alegro en parte por poder volver de nuevo a mi mundo natal, aunque el significado de la palabra alegría tenga en estos momentos un significado un tanto “ambíguo” para mi… No necesito respirar pero hice un intento vago de inhalar voluntariamente. Sentí el aire entrando y saliendo de los pulmones, nada nuevo salvo mi falta de olfato.
Sin poder moverme aún, alguien parece arrimar su boca a mi oído pues oigo su susurro sibilino con bastante claridad.
-Levántate… El ritual ya ha terminado.
Haciendo caso de la mujer, intenté mover los dedos de ambas manos a duras penas. Un hormigueo parece recorrer mis capilares mientras alguien agarra mi brazo con bastante brusquedad y lo mueve arriba y abajo como para favorecer la circulación o algo así. Al menos gracias a eso pude cerrar el puño de ese brazo, pero aún no tenía fuerzas para mantener el brazo en el aire o para tirar del que estaba agarrándome el brazo.
Hago el esfuerzo de abrir los ojos pero lo veo todo nublado, y mi percepción del Más Allá no parece haberse recuperado. Con los músculos agarrotados, trato de concentrarme en recuperar las energías perdidas, pero estoy tan drenado y agotado que si hubiera estado “vivo” en ese momento, seguramente me hubiese muerto de nuevo. Irónicamente, ¿ahora estoy vivo o estoy muerto? No les veo las caras todavía pero parece que los que me rodean están empezando a discutir.
-Bueno Faranell, este parece ser uno de tus exitosos experimentos, digno de tus más renombradas destrezas.- dice la mujer sibilina de antes, aunque se le puede notar el tono sarcástico con el que lo pronuncia todo.
Faranell rie sin demasiada humildad –Hah, esto no es nada comparado con lo que podría hacer si hubiese tenido mejores “materiales” a mi disposición. Pero como siempre, ¡no hay nada!- recalcó.
-¿Ah? ¿Y qué hay de mi? Me paso las horas mezclando sin parar sustitutos para llenar esa falta de materiales que tienes, ¿y así me lo agradeces?- gruñó otro como desde una mesa lejana.
-Oh, a ti también Cuely, muy buen trabajo viniendo de uno de nuestros mejores químicos, por supuesto.- contestó sarcásticamente de nuevo la mujer.
-Tantos halagos falsos, reproches y lamentaciones me están dando náuseas…- replicó otra voz que procedía de aún más lejos –¡Hasta mis probetas se están poniendo solas boca abajo por la indignación!
-Oh, Fuely, no te pongas celoso de nuevo por no haber participado en nuestro excelentísimo experimento, así que, cósete la boca.- replicó cortante la mujer sibilina.
Se oyó un resoplido de fastidio desde donde estaba Fuely y varios tintineos de matraces. Creo que volvió continuar con sus quehaceres.
Sentí como las manos de la mujer pasaban por encima de mi pecho y se colocaban delicadamente al lado de mi cuello, pero no sé por qué sentí que esa misma delicadeza parecía ser la de la misma víbora antes de asestar un mordisco mortal.
-Este troll parece asimilar demasiado lentamente la esencia… ¿Alguien me puede decir por qué está tardando tanto?- apremió ella.
-Ten paciencia Zinge. Su cuerpo es el doble de grande que el de un humano medio, y a diferencia del resto de nuestros experimentos, tiene los órganos más completos.- respondió Faranell en tono soberbio.
Las manos de la mujer dan un saltito y se agarran a mis largos colmillos, estos dos prominentes sables de marfil que siempre he cuidado y tratado con esmero… Una de las cosas de las que más me siento orgulloso, y sin embargo, ahí está ella, agarrando uno de ellos y usándolo para zarandearme la cabeza de lado a lado para intentar desperezarme. Más que desperezarme, lo único que ha hecho es que se me aviven las ganas de arrancarle la cabeza con mis propias manos… No hará falta recordar lo mucho que odio que toquen o dañen mis colmillos, ¿verdad?
Zinge maldice algo y da un manotazo a mi colmillo. -¿Cuál es el problema ahora? Sigue sin moverse a duras penas; ¡sólo suspira y tirita como una hoja de otoño!
Faranell gruñó irritado –Paciencia… Es posible que se nos haya pasado un detalle por alto.- musitó.
-¿Cómo que falta algo?- reprochó Zinge.
-Aún falta su propia energía espiritual…- mencionó una voz cascada que parecía que se estaba acercando a la escena de los apotecarios en odioso debate en torno a mi.
-Doctor Herbert…- dijo Cuely como si estuviese cohibido por la presencia de aquel viejo recién llegado.
-¿Acaso olvidáis que no estáis reviviendo a un ser cualquiera si no a un experimentado y poderoso sacerdote? ¡Tendría que caérseos la cara de vergüenza por esta impensable manifestación de ignorancia ante un ritual tan delicado!- reprendió exaltado el viejo doctor a sus discípulos.
-El proceso de renergización es diferente para cada uno y dependiente del nivel de experiencia que antes poseía el viejo cuerpo.- enunció Faranell como para dar por entendido que a él no le daba lecciones nadie.
-Y si sois inteligentes, sabréis cómo acelerar ese proceso.- increpó el doctor Herbert con su voz de viejo cascado.
-Hmmm…- Cuely parecía haberse quedado pensativo, como si estuviese extrayendo una idea del fondo de su cabeza.
-¡Maldita sea Cuely!- reprendió el doctor Herbert, seguido de un sonido sordo, como si le hubiese pegado una colleja al alumno para desatrancarle la idea.
Cuely tosió –Ah, espera… es…
-¿Y esto?- insinuó el doctor Herbert como si estuviese mostrando algo.
-¡Una poción de maná!- se oyó otro ruido sordo como si Cuely se hubiese dado un golpe en la frente él solito.
-En ocasiones parece como si hubiese una delgada línea entre los zombis del Scourge y vuestras cabezas.- reprendió Herbert mientras se alejaba, dejando a Faranell refunfuñando.
-Viejo cascarrabias…- farfulló Faranell –No te lo mereces Cuely, pero, haz los honores mientras busco unos pergaminos…
Cuely asintió con un sonido gutural y sentí cómo él se acercaba a un lado de mi mientras Faranell arrastraba sus pies lejos de la escena. Cuely abrió un tapón de corcho que hizo como un “pop” al salir, y luego sentí cómo un líquido tibio era vertido directo sobre mi corazón. Eso era algo que no sabía, que tenía el pecho abierto y mi corazón dio un vuelco en su lugar al recibir la poción de maná y empezar a absorberlo para bombearlo por mi cuerpo. La energía del maná se filtró en mi y avivó mis sentidos. El agarrotamiento desaparece casi al instante y me entran ganas de saltar de la mesa y empezar a cercenar cabezas, pero eso todavía no… Dejo que la energía del maná rellene mis poderes y me quedo quieto y tranquilo sobre la mesa… Eso, con tranquilidad. Ahora que estoy recuperado, no tengo prisa. Ah, sí, ven aquí… Acércate más… Justo como lo pensé…
-¿Has gastado toda la poción de maná y aún no se levanta?- reprocha la voz sibilina de Zinge mientras acerca su cara a la mia. Puedo sentir su aliento sobre mi cara prácticamente. Parece bastante impaciente por verme correr de una vez y terminar la operación para volver a sus propios asuntos…
-Qué raro.- Cuely se rasca la cabeza de modo sonoro –Tendría que haber funcionado. No entiendo nada.
-¡Claro que funciona!- grita el doctor Herbert desde la otra esquina del laboratorio, como si se sintiese ofendido por las dudas ante su criterio con las pociones.
-Pues aún no se qué…- enuncia ella mientras intenta volver a agarrarme el colmillo para zarandearme la cabeza.
Con un gruñido en respuesta, cierro rápidamente mi puño en torno al cuello enhiesto de la señorita Zinge y arrimo su cara a la mia con unos buenos ojos asesinos que casi hablaban por sí solos. Ella me agarra la muñeca con sus delgaduchas manos pero no la suelto.
-Si no quiere que esta sea la última vez que vea a un troll enfurecido, le ruego que se retracte de volver a tocar mis colmillos…
Curiosamente, la cara de Zinge quedó iluminada por el reflejo de mis ojos ardientes, y aunque ella quedó algo perpleja por la acción, sonrió y soltó una carcajada. –Aha, nuestro Ravenore tan diplomático como siempre. ¿Cómo fue el tránsito de la vida a la muerte?
Aunque me hastió el tono en que me hizo la pregunta, la solté pues sentí cómo tiritaba de miedo ante la idea de ver y sentir una de mis técnicas de troll Cazador de Cabezas en su propio cuerpo.
-Un experimento exitoso, sí señor.- dijo Faranell mientras se espolsaba las manos sujetando un rollo de pergamino bajo el brazo.
Cuely cerró la botella con desazón y suspiró profundamente, quizás al recordar el fallo tan estúpido que había tenido recientemente.
Una de las cabezas de Abominación que había sobre una de las mesas soltó una carcajada y le dijo algo a la otra cabeza vecina sobre algo de una apuesta que había ganado. No sabía que mi resurrección hubiese causado tanta expectación en el laboratorio…
Cuando Zinge intentó acercase más a mi para decirme algún otro de sus insidiosos sarcasmos, la aparté de un golpe con el antebrazo que casi le hago perder el equilibrio, aunque se tropezó con una de las mesas llenas de matraces y herramientas de cirugía. Al darle el golpe, me fijé en mi antebrazo. Las venas endurecidas y oscurecidas por mi nueva sangre parecían una tela de araña surcada por lombrices… Sentía que aún tenía mi fuerza muscular anterior pero también como si tuviera algo de energía extra escondida bajo los músculos de siempre.
Tras analizarme las venas del brazo, pasé la mano por mi pecho. Efectivamente, allá donde antes había hueso y carne ahora sólo había un profundo agujero con un corazón palpitando en mitad de algunos órganos modificados que no podía ver con los ojos pero sí sentir con los dedos. Los huesos partidos y algunas hebras de fibra muscular y nerviosa colgando como hilos de un mantel deshilachado, hicieron que clavase los ojos en Faranell.
-Esto puede ser un punto débil bastante peligroso…- le mencioné sin poder ocultar parte de mi enojo inicial.
Faranell, como director jefe del ritual y la operación, no se sintió intimidado por mis palabras y se cruzó de brazos con soberbia. –Efectivamente, ese agujero en mitad del único lugar donde reside el único órgano que sustenta todo tu cuerpo, puede ser un grandísimo problema. Pero obviamente, si estuvieras realmente “vivo”, aún no deberías moverte hasta que terminásemos de “suturar” la zona.- movió una de las manos como si sujetase una aguja de coser.
-Quiero que cierren esto ya.- exigí con calma.
Faranell carraspeó indignado. –Para eso preciso de ciertos materiales…- miró hacia una de las bandejas que estaba sobre una de las mesas adyacentes. La bandeja estaba plagada de carne y huesos partidos y destrozados, nada útil, al menos, a mi parecer… Luego él miró de nuevo hacia mi –Si quieres voy a por una plancha de metal.- dijo sarcásticamente.
Fruncí el ceño en señal de desaprobación.
-Podríamos reconstruirte una caja torácica hecha de metal.- agregó Zinge como para intentar alegrarme el día de modo falso.
Faranell se encogió de hombros con soberbia –Como no solemos tener este tipo de problemas con las Abominaciones; ellos nunca se quejan si no los “suturamos” después de las operaciones.
-Ponemos las grapas justas para evitar que vayan arrastrando sus órganos por el suelo, naturalmente.- añadió Cuely mientras jugaba con el tapón de corcho entre sus dedos.
Resoplé. El humor negro de los Forsaken no era muy bienvenido, sobretodo cuando parecían estar jugando con mi paciencia, ahora prácticamente neutralizada por los pensamientos viles que el Fel filtraba discretamente en mi cabeza.
-En estos momentos no estoy con deseos de escuchar ni una palabra más sobre si me van a cerrar el pecho o no… Pero si quieren que vaya a manifestar mis quejas directamente a vuestra Señora Oscura, el Cuarto Real está a sólo dos pasos de aquí…
Zinge rió –Tranquilo Ravenore, ya sabes que siempre nos ha gustado disfrutar con el sufrimiento ajeno.- posó su dedo sobre su barbilla como si se reservase algo –Hablaremos con nuestros ingenieros para que diseñen un costillar metálico que se ajuste a tus medidas, así no tendrás que temer que algo o alguien vaya a pincharte con una estaca en el corazón.- soltó una risita contenida.
Suspiré resignado y alcé la vista hacia los condensadores eléctricos que había en el techo. Pensé en un conjuro y apreté los dientes para tratar de hacerme una auto-curación sobre el pecho, pero no surtió efecto. La carne, al estar muerta y estar separada un lado del otro, no reaccionaba al impulso de regenerarse y cerrar la herida. De todos modos, no importaba si me iban a construír alguna prótesis metálica como sustituto de mis astillados huesos torácicos.
Estiré los brazos todo lo largo que era y me senté en la mesa con los pies sobre el suelo. Me incorporé sobre mis pies y creí estar flotando sobre una nube. Era extraño volver a sentir la sensación de fatiga… Más bien, era ináudito. Si estaba “muerto”, ¿por qué sentía fatigas? Me senté, sacudí la cabeza para desembotarla y dirigí la mirada hacia Faranell.
-¿Hay alguna cosa que deba saber como no-muerto que soy ahora?
Faranell se rascó la barbilla con interés y me miró aviesamente –Una cosa que no debes olvidar ahora es que, aunque seas inmortal, no eres inmune.- sacó el pergamino que tenía bajo el brazo y lo abrió para leérmelo –Cualquier golpe lo suficientemente contundente, corte profundo, hundimiento en mitad del mar o falta de sustento, te convertirá en un muñeco inservible que no podrá moverse ni aunque lo desee mortalmente…
-¿Sustento? ¿Te refieres a la comida?- me rasqué tras el colmillo izquierdo, una manía que siempre he tenido desde pequeño cuando me encontraba nervioso.
-Aunque estés muerto, tu cuerpo sigue consumiendo materia.- enunció Zinge –Pero en concreto, no es tu cuerpo si no el Fel el que pide el alimento, de lo contrario, se volverá tan efusivo que empezará a digerir todo lo que encuentre a su alrededor, y eso incluye a tu cuerpo como primera comida.
-El Fel es una energía demoníaca que consume todo lo que encuentra a su paso para saciar su sed destructiva. Como no-muertos, al usar el Fel para animar nuestros cuerpos, debemos luchar contra el Fel y aplacar su avidez a base de alimentarlo con materia orgánica simple.- prosiguió Faranell con aire descortés.
En ocasiones siempre me había sorprendido ver que los Forsaken todavía “cocinaban” y seguían tomando alimentos normales que antes consumían cuando estaban vivos. Pensaba que era por nostalgia de su pasado como humanos vivos, pero ahora me doy cuenta de que hay algún tipo de necesidad detrás de ese intento por alimentarse.
-Cualquier cosa que tenga energía vale, desde pan hasta un asado… pero ya sabes que por desgracia no todos hemos conservado el sentido del gusto.- negó Zinge apesadumbrada.
No era para menos. Cuando probé la cocina de los Forsaken me di cuenta de que a parte de estar carente de todo sabor, a veces ni el moho ni la comida podrida les echaba atrás.
-En definitiva, el cuerpo de un no-muerto está en completo equilibrio debido al Fel. Fallar a alimentar o dominar al Fel te puede reducir a la categoría de un zombi, un ghoul o cualquiera de esos carroñeros caníbales que serían capaces de destruir cualquier cosa con tal de aplacar su sed de sangre. Entre los Forsaken tenemos unas normas morales que…
-¿Moralidad?- interrumpí a Faranell no sin poder evitar una risa contenida –Podría adivinarlo…
-No matarnos entre nosotros ni comernos los unos a los otros.- escupió Faranell, irritado por la interrupción.
Yo enarqué una ceja. No sé si estaba aludiendo a la naturaleza caníbal de algunos de mi raza o si de verdad ese “código moral” lo tenían ahí a propósito.
-Todos los Forsaken deben aprender a controlar el Fel que fluye por sus venas. Fallar a conseguirlo puede costar el exilio o la completa destrucción, Ravenore.- enunció Zinge.
Faranell carraspeó y acercó su cara a la mia –Troll, controlar el Fel puede ser una labor complicada para los novatos, pero, con la experiencia, la voluntad y el libre albedrío que nos otorgó nuestra Señora Sylvanas, nada es imposible.- sonrió con una mueca que mostraba sus dientes enegrecidos por la mugre de los años de sepultura.
-¿Y cómo sabré cuándo necesito aplacar al Fel?- pregunté retóricamente.
-Ah, ¿eso?- Faranell se alejó de mi y giró sobre sus talones –Eso lo sabrás con el tiempo, por supuesto. ¡Con el tiempo!
-Un consejo, Ravenore.- señaló Zinge para llamar mi atención.
No sabía si en realidad me iba a dar un consejo u otro de sus sarcasmos ácidos… Con estos apotecarios cualquier cosa es posible, sobretodo si viene de Zinge.
-No te veo muy receptivo, hah.- se cruzó de brazos con enojo -¿Prefieres aprenderlo todo por ti mismo?
-A estas alturas de mi no-vida, y con tantos comentarios hirientes, preferiría estar ya en el taller de los ingenieros para estrenar un costillar nuevo…
Indignada, me frunció el ceño como una niña enojada -¡Como quieras!- recogió mis hábitos de encima de una mesa y me los tiró a la cara. Entonces me acordé que todavía seguía desnudo.

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Episodio 1-A

Desde mi improvisado lecho de muerte, observo en la oscuridad mientras me conceden mi tan ansiada recompensa. No es ni oro ni riquezas. Tan sólo un pequeño “don” que muchas razas en este mundo buscan con afán a base de sacrificar tierras, amigos, familia, sus vidas, o incluso hasta sus almas. Pero esto es diferente. Este don me lo he ganado a pulso. Aunque existen otros medios, éste me ofrecía más garantías en el caso de que todos mis planes futuros fracasasen. No deseo acabar controlado por el Scourge, ni tampoco por la Legión Ardiente, y cualquiera de los otros medios conocidos cuelgan mi ajado espíritu sobre el abismo del mismísimo Infierno…
Al fin, esta pequeña búsqueda personal ha terminado. He vivido durante muchos años preguntándome si éste sería el camino. Con este frio recorriendo mis venas y nublando mis sentidos, sólo siento no haberlo tomado antes, cuando los míos más lo necesitaron… No debo tener miedo, ni tampoco sentir arrepentimiento. Aunque mis antepasados se revuelvan en sus tumbas, debo seguir adelante con mi misión. Sería capaz de hacer cualquier cosa con tal de salvar a mi pueblo, pero no soy tan estúpido como lo fui hace medio siglo atrás, cuando cometí el error de ir en contra de mi “destino”, y todo acabó en un estrepitoso fracaso que borró a los que más quería de la faz de este mundo. Ya no. Me he preparado desde ese entonces para este justo momento, aunque he de confesar que no expecté que el lugar final fuera este apestoso laboratorio de carne putrefacta. Bendito es el frio que acaba de eliminar mi sentido del olfato a la vez que mi necesidad de respirar…
Ya no hay vuelta atrás…
El silencio acaba de apoderarse de todo lo que me rodea.
No hay nada más salvo oscuridad y silencio.
Oscuridad…
Nunca pensé que la oscuridad podría oscurecerse aún más.
Las fuerzas me abandonan por completo.
Siento como si mi energía quisiese evaporarse, pero sin éxito.
Como si una inmensa fuerza estuviese haciendo presión sobre mi para evitar que me levantase.
Mientras me abrazo a mi “recompensa”, los recuerdos empiezan a aflorar en mi cabeza.
Recuerdos felices.
Recuerdos de tristeza.
Recuerdos de odio.
Ira.
Todos los recuerdos se agolpan en mi cabeza, como batallando por sobrevivir. Sólo los más fuertes triunfan, los recuerdos que me hacían débil… y que al final me fortalecieron. En esa lucha de recuerdos, sólo el odio y la ira han prevalecido. Los recuerdos felices pasan por delante de mi con indiferencia… y desaparecen en la nada. Enterrados en el abismo oscuro de mi amplia memoria, donde navegar para rescatarlos sea una empresa imposible.
Y sólo quedan islas de odio, ira, tristeza… Aún no tengo interés en desembarcar en ninguna de ellas.
Me siento como suspendido en mitad del vacio, un vacio que me asfixia en un intento por aterrorizarme, pero fracasa, y sigo adelante.
Ahora se oyen voces descarnadas en la lejanía. Ya me advirtieron de ellas. Por supuesto, debo desoírlas, ignorarlas, y si me amenazan, enfrentarlas. Sé de dónde proceden… El influjo lejano del Rey Liche y sus siervos. Llamando a las armas. Avivando mi odio a base de congelar mi voluntad… Son derrotados fácilmente, pero no sé si por mi mente o por alguna otra razón.

De nuevo el silencio se apodera de esta oscuridad. Mis sentimientos más nobles son envilecidos por otros más violentos. Siento como quieren transformar mi mente de manera insidiosa… No me dejan en paz… Debo resistir… Resistir hasta el final del ritual… No debo dejarme caer en ellos o todo el esfuerzo y el trabajo de décadas caerá en saco roto.
Hay algo más… Algo se abre camino en la maraña de mi mente y corta como un hacha lanzada desde lejos, haciendo blanco justo en el lugar en el que se estaban disputando el control sobre mi… La lucha cesa y todo se queda en calma, como una muchedumbre enmudecida ante la imponencia de algo. Y ese algo… aterriza en el lugar de conflicto… me empala con sus espinos y hecha raíces por todas partes. Me temo que esto acaba de dar un giro inesperado del cual no sé si podré salir… No puedo detenerlo… Ahora sí que mis antepasados pueden ser libres de escupirme y odiarme pues acabo de cometer un error imperdonable… No puedo hacer nada salvo esperar y ver cómo poder “beneficiarme” de ese error, aunque tenga que luchar eternamente para conseguirlo, y la eternidad ofrece muchas oportunidades…

Publicado en on Febrero 6, 2008 at 7:29 pm Deja un comentario