Episodio 2-A

Nos dirigíamos por la calzada occidental que cruzaban los Claros de Tirisfal y que rodeaban por el costado oeste a la imponente colina donde se erigían las ruinas del Castillo de Lordaeron. Al paso y sin ninguna prisa, el paseo se mostró bastante tranquilo durante la mayor parte de la noche… Demasiado tranquilo, a mi juicio. Es posible que el hecho de que a nuestras espaldas la aurora violácea de la mañana empezara a alzarse, quizás disuadiese a las criaturas nocturnas de atacar los caminos… No estoy muy seguro… Estoy por pensar que el aspecto intimidatorio de Magus estaba echando atrás a todas las bestias infernales que acechaban las calzadas, pues, era muy extraño que los sabuesos infernales o los felbats vampíricos no saltaran sobre nosotros de un momento a otro como era común por esos lares… La calzada principal era un gran ejemplo de lo comunes que eran esos ataques. Charcos de sangre reseca, adoquines levantados, cadáveres descomponiéndose entre los matorrales colindantes, restos de equipo destrozado… Los Forsaken no eran muy dados de mantener las calzadas libres de obstáculos, a menos que fuesen demasiado grandes como para impedir el paso normal de los carromatos de transporte de víveres y cuerpos. Por nuestra parte, aunque viésemos los vestigios de viejas batallas desperdigados por la calzada y alrededores, no recibimos ningún tipo de visita que nos fuera hostil, ni siquiera cuando llegamos a la altura de la colina del castillo, cuando es más frecuente que los cruzados de la Cruzada Escarlata emboscasen las caravanas o los viajeros precarios… Aleph, por su cuenta, estaba en constante estado de alerta. Hasta el crujir sospechoso de una rama oculta entre las sombras le hacía volverse en redondo para comprobar que nada ni nadie estuviese a punto de asaltarnos… Qué comedido por su parte… Aunque lo “contraté” como escudero, todavía porfía por querer ser mi guardaespaldas… Después de tantos inviernos luchando y defendiéndome por mi propia cuenta, entenderán lo patético que me resulta tener que dejar mi vida al cargo de un recluta que imponía menos que una rata salvaje con sarna…

Los cuervos y los mirlos comenzaron a graznar para saludar el oscuro alba de un nuevo día… Aún no se habían alzado los buitres de montaña, pero los vuelos circulares de los cuervos indicaban que algo o alguien había perecido recientemente en alguna parte de las arboledas que nos rodeaban. La oscura aura maldita de los bosques empezó a aclararse, sólo para revelar que ni el mismísimo sol era capaz de volcar sus rayos más allá de la espesa capa mortecina que respiraban estas malditas tierras… Era como vivir de nuevo una noche, pero sin la necesidad de la luz procedente de las farolas retorcidas que a veces flanqueaban el camino. Esas farolas estaban siempre encendidas por un fuego mágico y algun mejunje alquímico que permitía a las farolas iluminar la calzada para evitar que los viajeros se extraviasen… Una acción inútil pues la mayor parte de ellas estaban arrancadas de su lugar o les habían cercenado la lámpara para robarles la sustancia que las mantenía encendidas. Aún así, era común en los Forsaken dejar en pie los antiguos vestigios de su pasada vida como mortales, fuera por añoranza o fuera por mero descuido, y esas farolas eran un ejemplo de la nostalgia que en unos pocos había brotado… si no, no comprendo el empeño de algunos sepultureros por mantener algunas de ellas escendidas, como faros moribundos en mitad de la noche, titilando con su aura verdosa como si hubiesen enjaulado las estrellas del cielo que habían caído asfixiadas por el fuerte hedor a muerte que emanaban de aquellos campos… Esto hace pensar en lo fácil que es convertir a una simple farola en un drama cuando el tedio de un viaje no deja lugar a una meditación más “profunda”…

Mientras mi mente permanece meciéndose en mitad de la indignación producida por el estado actual de estos antiguos bosques, Aleph parece relajarse un poco a medida que la luz podrida del día comienza a invadir el lugar y a permitir una mejor vigilancia de los alrededores. Le he visto mordisquear uno de esos famosos hongos que tenía guardados en una de sus bolsas de viaje. Eso me hizo recordar el estado inactivo de mi Fel. La sensación ardiente que sentí en Brill había sido mitigada con un simple y frugal alimento, muy poco si lo comparo con lo que hubiese comido en la realidad si hubiese estado vivo, una ventaja clara de ser muerto viviente… Pero este hecho no me consolaba mucho… Me parecía demasiado “sencillo” que con sólo comer un poco de alimentos de origen vivo se pudiera apaciguar tan fácilmente el desarrollo del Fel… Demasiado fácil… Al igual que cualquier energía procedente de los abismos, el Fel era capaz de corromper desde un sólo grano de arena hasta hectáreas y hectáreas de terreno, incluyendo las montañas, los lagos, las criaturas o el mismo aire. Una sustancia con tanto poder corrupto no podía ser controlada con un simple hongo o un ala asada de murciélago gigante… Esta misma fuerza que desafiaba a la muerte para poder animar nuestros profanos cadáveres no era algo de subestimar… El Fel en cada uno de nosotros pide sacrificios constantes, envileciendo nuestros pensamientos para que manifestemos su voluntad en forma de actos destructivos, nutriéndose de ellos como una impía sanguijuela… Sin embargo, los Forsaken habían logrado domar el Fel, sometiéndolo a sus voluntades de tal manera que con un sacrificio de pan bastaba para apaciguarlo. Sigo sin poder creerlo… ¿Quizás aquel Fel que utilizaban estaba debilitado o alterado por los químicos que sus apotecarios mezclaban en matraces en su constante búsqueda por una cura a su maldición? ¿O quizás el Fel estaba esperando la oportunidad para atraparnos desprevenidos y hacerse con el control de nuestro cuerpo? Suspiro. El Fel puede ser controlado si el espíritu de un indivíduo es fuerte y supera las tentaciones que el Fel vuelca constantemente en su cabeza, pero, ¿quién tendrá más resistencia a largo plazo? Es un riesgo que hay que correr…
-Ravenore.- interrumpe Aleph mis cavilaciones con su hilo de voz introvertido.
Abro los ojos y observo un par de cuevos planeando en nuestra dirección. El cuervo, mi tótem…
-¿Ravenore?- se adelanta un poco y empieza a caminar de espaldas para mirarme a la cara.
-Mira hacia adelante, no vayas a tropezar y caer sobre las pócimas de mis zurrones…- le advertí.
-Lo siento.- balbució y se dio la vuelta sin dejar de mirarme -Es que tenía una duda, pero como no le gustan las preguntas…
-Adelante; estoy inspirado.- le apremié indiferente, sin dejar de observar el vuelo de esos dos cuervos que parecían seguirnos.
-Verá, desde que salimos de Brill me estuve preguntando todo el rato por…
-Oh, oh, oh. Deténte.- le alerté colocando la cabeza de mi báculo ante su pecho.
Aleph sacudió la cabeza, confuso por la interrupción, pero pronto se alarmó al ver lo mismo que estaba viendo yo. Justo delante del camino, a varias zancadas de nosotros, un huargo rabioso acababa de abatir a un novato Forsaken y estaba royendo los restos de carne y hueso que quedaban entre los jirones de la armadura de cuero. Un charco de Fel empapaba la calzada en sustitución de la sangre, y el huargo lo lamía inconsciente de la naturaleza peligrosa del fluído.
Juzgando por lo poco que quedaba de la antigua integridad del recluta, llevaba muerto un buen rato, y de la cara ya no quedaba ni la piel sobre los huesos. El brillo sobrenatural de los ojos había desaparecido, lo que indicaba que el Forsaken estaba completamente “muerto”, pero su alma demacrada yacía a un lado, sentado de rodillas, contemplando estupefacto cómo el huargo digería los restos de su antiguo recipiente no-muerto. No pareció inmutarse por nuestra presencia, al igual que el huargo, que estaba ocupado arrancando tiras de piel de las costillas y mascando el cuero de la armadura en busca de los sabores de los taninos. Sólo cuando Aleph desenvainó la espada, haciendo que el metal fricara contra la funda, el animal rotó las orejas y nos dedicó una mirada salvaje que podíamos habernos ahorrado con sólo rodear la zona… Pero ya no importaba.
-Vamos Aleph, ahora que has llamado la atención del “cachorro”, pon en práctica todo lo que sepas sobre el combate con espada.- le di unos golpecitos en la cabeza con el báculo para azuzarle a la batalla.
-Pero… Pero…- me miró con ojos desorbitados -Es muy… ¡grande!
En efecto, como cualquier buen huargo, aquella criatura media hasta la cruz casi tanto como Aleph. Por eso las especies de huargos eran a veces utilizadas como montura por los orcos para viajar largas distancias, llamándose a si mismos los Jinetes de Lobos, título que hacía temblar a más de un enemigo en pleno campo de batalla. Este huargo de todos modos era algo “menor” que sus compadres de montaña, pero tenía un aliciente extra… Estaba rabioso, y el Fel empezaba a hacerle efecto en la mente…
El animal dio la vuelta y dejó atrás a su pieza para enfrentarse a nosotros. Magus resopló un vapor etéreo por sus hoyares, supuestamente enojado por la interrupción de su paso. Aleph ya se estaba apresurando para desamarrarse los zurrones y dejarlos en el suelo mientras yo empezaba a concentrar algunos hechizos de curación por si acaso. No confiaba para nada en él, pero si quería que él aprendiese, debía comenzar a luchar sus propias batallas si es que quería mejorar su estilo con la espada y el escudo…
Observé que el fantasma del recluta caído se había incorporado y estaba mirando hacia nosotros. No hizo nada más salvo mirarnos languideciente, como rogando silenciosamente que vengásemos su muerte de alguna manera. No se haría esperar… En cuanto el huargo muriese, podría darle una oportunidad más a esa alma en pena, pero sólo porque la Luz me lo permite…

Publicado en on Febrero 9, 2008 at 6:42 pm Deja un comentario

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